Barbosa, Martha Érika y Rafael: la doble moral panista

Las forma y el estilo del gobernador de Puebla al referirse al caso de la muerte de Rafael Moreno Valle y Martha Érika Alonso son más que criticables; me parecen reprobables, vulgares y arrogantes. Pero la idea detrás de sus palabras  razón de fondo: la elección de gobernador en 2018 fue ganada por MORENA, y la evidencia da la razón a quienes, como Miguel Barbosa, afirmamos que la finada Martha Érika asumió el poder por la vía del fraude electoral.

Cuando periodistas preguntaron al gobernador poblano si se disculparía por su dicho de que “Dios castigó” a la pareja panista (refiriéndose a su muerte, que fue noticia la nochebuena pasada, cuando el helicóptero en que se transportaban cayera, perdiendo ambos la vida) por robarle la elección, Barbosa esgrimió un argumento lleno de razón: su declaración “pegó en el corazón de la hipocresía del PAN y de la derecha”.

El punto de acuerdo que suscribieron la mayoría de los grupos parlamentarios del Senado de la República exhorta a Miguel a disculparse públicamente; rescato las palabras de Martí Batres, senador por MORENA: “Me parece que todos estamos obligados a mostrar sensibilidad ante el dolor humano. No hubo sensibilidad en este caso, comparto que fueron (las de Barbosa) declaraciones desafortunadas”.

A pesar de que las críticas a Miguel tienen razón, no son congruentes los panistas que se dicen ofendidos por el gobernador. Martí tiene razón: todos y todas estamos obligados a mostrar sensibilidad ante el dolor humano. Pero si el panismo alguna vez mostró esa sensibilidad que reclama habrá sido en años muy lejanos a nuestros tiempos. Fueron los panistas quienes avalaron la mal llamada (y pésimamente ejecutada) guerra contra el narcotráfico de Calderón, presidente usurpador que, además de recurrir con urgencia a los Estados Unidos en busca de apoyo político, volvió al país en un auténtico baño de sangre para legitimar ante la opinión pública su mandato logrado, como Martha Érika, por la vía del fraude electoral.

El mismo Rafael Moreno Valle mostró absoluta insensibilidad ante el dolor humano cuando José Luis, de 13 años recibió un golpe de bala de goma en la cabeza, que lo mató diez días después. La Ley Bala, que fue enviada por Moreno Valle y aprobada por el Congreso del estado de Puebla, fue una herramienta jurídica que esgrimió el gobernador para legitimar la represión en un contexto de numerosas y multitudinarias protestas contra casos de corrupción, destrucción del patrimonio del estado y proyectos de infraestructura altamente cuestionados, como la construcción de la Estrella de Puebla, la demolición de la destrucción de la Casa del Torno (patrimonio de la humanidad ante la UNESCO) o la construcción de la ciclovía Esteban Antuaño.

Aún que la CNDH apoyó la afirmación de los pobladores de San Bernardino en torno a la causa de la muerte de José Luis, que habitaba esa comunidad, la Secretaría de Seguridad Pública del Estado y la SEDENA negaron los hechos. Los panistas respaldaron a Moreno Valle, que criminalizó la protesta social y justificó el asesinato y la represión esgrimiendo la amenaza de que “el gobierno del estado siempre actuaŕa con apego a la ley (que el mismo gobierno había aprobado para sí), tal como lo exige la sociedad, para preservar la concordia y la tranquilidad.”

No vimos entonces al panismo escandalizarse, no por los dichos sino por las acciones de quien ocupara el puesto en el que hoy se encuentra Miguel Barbosa. Nuestra sociedad no vio que el panismo se escandalizara con la represión de Moreno Valle, ni con el atropello a Derechos Humanos de Calderón. La muerte por violencia en México fue causada por la irresponsabilidad de los panistas en el poder federal, apoyados por sus compañeros de partido. En el caso de Puebla, la responsabilidad política directa por la sangría y represión es de Moreno Valle.

Lo que molesta al panismo no es la violencia generalizada, ni el desprecio de un gobernante ante la tragedia personal, sino que los afectados (en caso de que, como algunos panistas presumen, la muerte de la ex gobernadora y el ex senador hubiese sido un atentado) – esta vez -, fueron sus correligionarios, alcanzados por la espiral de violencia y polarización que ellos mismos causaron.

Tras perder el enorme poder que contiene el aparato del estado, los panistas han tenido que lidiar con el fenómeno del poder desde el polo opuesto al que acostumbraban. La ciudadanía eligió arrebatarles el poder político para darle la oportunidad de dirigir el país – y Puebla – a un movimiento mucho más amplio y representativo que el de ellos; evidentemente su frustración es enorme y, en medio de ella, siguen sin encontrar una postura ideológica y un discurso político firmes; más bien continúan recurriendo a la polarización, el maniqueísmo y, como es su sello, la doble moral.