Una victoria en Bolivia y una lección para México

Lo que vimos ayer en Bolivia es un hecho histórico. El pueblo resistió prácticamente un año, desde que el ejército y los grupos de la derecha más reaccionaria del país diera un golpe de estado contra el compañero Evo Morales. La dictadura golpista impuso un régimen de represión a los movimientos desde el día uno, pero la organización popular pudo presionar lo suficiente para que Añez tuviera que convocar a elecciones, sin duda en contra de lo que planeaban los líderes del golpe.

Pero el proceso en realidad no comenzó con el golpe a Evo Morales, sino durante su presidencia. El compañero ex presidente Evo sufrió un ataque coordinado de calentamiento de calles, difamación personal y política, violencia y cerco mediático. Y si la violencia contra Evo como presidente fue brutal, fue aún peor el intento de quitarle la vida y el ataque a su casa. Este episodio desató la euforia de los grupos de ultraderecha y derivó en la quema de la wiphala, símbolo de la unidad entre los pueblos indígenas, la imposición del fanatismo religioso (racista y clasista) como símbolo de gobierno y la militarización de las calles, que llegó hasta el día de la elección, ayer mismo.

Por supuesto, este año fue duro para el pueblo de Bolivia. Pero los movimientos sociales supieron resistir en las calles desde el día uno. Desde el momento cero en que las fuerzas paramilitares agredieron la casa de Evo hasta la imposición del gobierno de facto y durante todo el proceso, las calles permanecieron constantemente tomadas por militantes del partido, obreros (as), campesinas (os), estudiantes, mujeres y hombres de todos los sectores, pero sobre todo del más lastimado por el sistema capitalista-neoliberal; la clase trabajadora y explotada.

E internacionalmente, las fuerzas progresistas también lograron cosas importantes. En primera instancia, mantener con vida a Evo, que gracias al estado mexicano pudo salir contra todo pronóstico y llegó a territorio mexicano sano y salvo. En México, el compañero Evo contó con los medios físicos y comunicativos para defender su proyecto, poner el golpe en el debate público y denunciar las atrocidades del régimen. Acá la derecha nos quiso cobrar el asunto negando el golpe y señalando a Andrés Manuel por salvar la vida de Morales. El racismo y el clasismo defendían el intento de gobierno con lenguajes muy similares a la ultraderecha estadounidense, española o venezolana. Pero México resistió y Argentina puso la otra parte del apoyo refugiando a Evo desde el sur del sur.

 

Bolivia se movilizó contra el golpe y posicionó la denuncia al golpe en el discurso público mundial. Evo desde el exilio político -junto a compañeras y compañeros increíbles que tuvieron que salir de Bolivia, algunos de los cuales tuve oportunidad de conocer- pudo entablar lazos con otros movimientos sociales en el continente y pudo mantenerse comunicado con la sociedad internacional. El MAS, con todo y sus tensiones internas, superó la posibilidad de división que es natural ante un problema tan grande como el que había y se organizó. El pueblo venció la operación de terror, militarización y sanitización pandémica y salió a las calles a votar. Y -sin necesidad de segunda vuelta- el golpismo fue derrotado contundentemente.

De Bolivia tenemos que aprender que el golpismo y la ultraderecha siguen articulando y buscando resquicios de división para operar. Tenemos que entender que México es un país importante para la región de América Latina y que solamente con el pueblo organizado podremos defender el proyecto de transformación.