Marcha Fifí: Cuando marchan juntos; el clasismo y el desprecio al pueblo

¿Alguna vez habíamos presenciado marchas donde los manifestantes fueran acompañados de sus guardaespaldas? ¿O donde alguien agrediera a los representantes de los medios de comunicación por el color de su piel?

Las manifestaciones de la derecha tienen características particulares. No se trata del acto multitudinario al que nos tiene acostumbrados desde hace un buen tiempo, la izquierda que apoya decididamente el proyecto de cambio que encabeza López Obrador. Aquí se trata de un acontecimiento más light.

La marcha fifí del domingo fue un acto modesto, sin capacidad real de convocatoria, donde el sector social económicamente más privilegiado en el país, se dio cita muy a su pesar, para manifestar sus inconformidades en cuanto a la política que implementa el presidente de la república.

Y digo muy a su pesar, porque para este sector, arropado siempre por el poder, la calle no ha sido nunca el sitio preferido para lograr acuerdos que favorezcan sus intereses. La calle es para los campesinos, para los obreros y estudiantes que reclaman por todo. Las oficinas de gobierno, las residencias particulares, son los espacios que prefieren quienes representan al poder económico en nuestro país.

Sin embargo, ante la pérdida de sus privilegios de clase, desde la llegada de Morena al poder, no les ha quedado otro recurso que el de salir a protestar, tal y como lo hace el resto de los mexicanos, cuando tienen necesidad de manifestar sus inquietudes y preocupaciones.

A esta marcha se le dio una difusión inmerecida en redes sociales. Estaba condenada al fracaso antes de iniciada. Sabíamos que el nivel de convocatoria de la derecha está por los suelos y aún así, le dimos una importancia que nunca tuvo.

Quienes convocaron a la misma, carecen de estatura moral y política para ser imanes que congreguen multitudes a su llamado. Por ahí andaban los Belaunzarán, Calderón, Fox, Francisco Martín Moreno y otros representantes de la derecha, con un historial personal que no puede despertar entusiasmo, o captar la atención de una sociedad informada.

Los resultados de este ejercicio social son, para quienes los organizaron y participaron, muy pobres.

No obstante que los medios de comunicación tradicionales, dieron cobertura amplia al evento, no se consiguió el objetivo de incrementar el número de participantes. La marcha principal en la Ciudad de México, no puedo superar la barrera de los diez mil concurrentes.  Muy pobre el contingente que desfiló.

Este tipo de marchas de una derecha que está despertando a un presente democrático que no se conocía en el país, inician de manera incierta. Hay mucho rencor en quienes sienten amenazados sus derechos de clase. No hay una línea concreta que norme la acción de los que se manifiestan. Algunos, se quejan de la inseguridad, otros de la migración, otros más de los programas sociales que “regalan dinero a quienes no trabajan”, otros del abandono de las políticas neoliberales que tanto los favorecieron.

Es amplio el repertorio de protestas, pero no hay un eje sólido que las unifique. Pedir la renuncia del presidente es un absurdo, no una opción lógica o política. ¿Para qué desfilar y protestar, si no se presentan alternativas viables que puedan ser tomadas en cuenta?

Las marchas fifís son en realidad el termómetro que la derecha está usando para calibrar el ánimo nacional.

Primeramente, lanzan todo su arsenal político y económico, apoyado por los medios de comunicación que le son fieles, en un intento por debilitar al gobierno de López Obrador. Después, cuando consideran que han hecho el trabajo suficiente, convocan a la marcha, en donde participan no los reales dueños del dinero en México, sino la clase media acomodada y alguno que otro representante de quienes disfrutan de una posición económica de privilegio. Ahí comprueban si hay avance o no, para la derecha.

Hasta al día de hoy, están estacionados en el mismo espacio al que fueron relegados por la sociedad, a partir del primero de julio. No hay avance para ellos.

Por eso el rencor de estas marchas hacia todo lo que huela a participación democrática e igualdad social.

Las muestras de intolerancia durante el trayecto, fueron bastante significativas. Hablar de mexicanos de izquierda con un cerebro más pequeño de lo normal, como argumento serio, o descalificar a una joven reportera de un medio digital, señalando que no podía caminar al lado de los manifestantes porque el color de su piel es moreno y ellos pertenecen a la raza blanca, resulta absurdo y anacrónico. Sobre todo, si consideramos que la mayoría de los mexicanos son morenos o mestizos.

Esta marcha puede considerarse entonces como un ejercicio de catarsis social. La gente de la derecha acude al evento a gritar públicamente su insatisfacción y su rencor por todo lo que significa la Cuarta Transformación.

No es el diseño político el que les interesa, puesto que no presentan alternativas. Es el rencor que nace en ellos por todos los privilegios que pierden, al terminar un ciclo neoliberal, cargado de corrupción e impunidad, al que estaban acostumbrados y de donde nacieron muchas fortunas.

Sea como sea, la marcha se dio y no trajo nada nuevo. La derecha navega a la deriva, sin estrategia definida y sin cuadros con credibilidad que puedan representarla.

Los medios de comunicación tradicionales que defienden los intereses de este sector, están en igual descrédito y no terminan de entender que los tiempos en que fueron instrumento de control social, acabaron.

La derecha nacional, debería entender que, antes de convocar a cualquier otra marcha, debe de redefinir su estrategia política en lo inmediato. Solo así logrará avanzar y rescatar un poco de la credibilidad perdida.

La marcha como táctica, rinde resultados positivos, cuando es respaldada por un plan bien definido, como el proyecto de nación que enarboló Morena.

Una marcha donde únicamente se grita con rencor y desprecio, no aporta nada positivo a los intereses de quienes así se manifiestan.

Queda claro que la derecha mexicana, es este momento, tiene todo un trabajo de reconstrucción pendiente, al que no ha podido enfrentarse con inteligencia y esfuerzo.

Así, el camino de la izquierda y de la Cuarta Transformación se ve libre de cualquier obstáculo en el corto plazo. No hay enemigo que la inquiete.

 

Malthus Gamba
@MalthusGamba