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Las máscaras van cayendo una a una.

La vieja estructura social conservadora, pierde la compostura que la hacía respetable a los ojos de un pueblo aletargado, desculturizado y enajenado.
Un pueblo que despierta en 2018 a la realidad, pues a partir de ese año, la credibilidad en el mecanismo de control social impulsado por el conservadurismo, cae y se quiebra en mil pedazos.
Ya no se reconoce a los traficantes de influencias, como personajes respetables.

Los políticos corruptos son repudiados y dejan de ser ejemplo para una juventud, que empuja la verdadera democracia.

Los periodistas de la vieja guardia, antes aplaudidos y obedecidos con docilidad, son reprobados por las mismas audiencias que hoy se dan cuenta del engaño que difundieron por décadas. No informaban. Mantenían la verdad lo más alejada posible de la sociedad, mientras construían una narrativa donde los corruptos aparecían como personajes intachables.

Hemos visto caer las máscaras de todos estos farsantes. La gente los señala y no les brinda el espacio que buscan, para regresar al poder. Están atrincherados en pequeños espacios donde, a pesar de disfrutar del lujo y la riqueza acostumbrados, se sienten prisioneros, tal y como le sucede al ave recluida en su jaula de oro.

En los últimos días, hemos visto caer una máscara importante. Antes venerada y respetada por buena parte del pueblo mexicano.

La máscara de la jerarquía eclesiástica. Y no es por culpa del presidente López Obrador.

Son los errores que comete este sector de la iglesia, los que provocan el descontento de los mexicanos que apoyan en amplia mayoría al presidente.

En un evento por demás desafortunado, dos sacerdotes jesuitas fallecen en el estado de Chihuahua. Pierden la vida, al poner por delante su ministerio, antes que su integridad física.

Un guía de turistas entra huyendo en el templo, seguido por un conocido delincuente en la zona. Trata de esconderse para salvar su vida. Los dos sacerdotes se percatan del suceso y tratan de intervenir en favor de quien pide auxilio. El delincuente priva de la vida a los tres. Se lleva los cuerpos consigo, tratando de ocultar las pruebas que puedan inculparlo.

Es un delito del fuero común. Algo que deben resolver las autoridades municipales y estatales en Chihuahua. Pero dada la publicidad que se da al asunto, el gobierno federal interviene de inmediato y se localizan los cuerpo de las víctimas. Se implementa un operativo de búsqueda para dar con el paradero del agresor, al que se tiene plenamente identificado.

¿Qué se encuentra en esa investigación abierta?

Que las autoridades locales, tanto municipales como estatales, sabían bien que el delincuente que priva de la vida a tres personas, tenía órdenes a aprehensión pendientes de ejecución. Y no obstante esto, dejaban que este personaje transitara por el estado sin mayor problema. Era socio en un equipo de beisbol. Hacía negocios en la entidad con todo tipo de personas. Las facilidades que dio el gobierno local, fueron muchas e inexplicables todas ellas.

Esto era un secreto a voces en el estado de Chihuahua.

Sin embargo, la muerte de estos dos sacerdotes genera fuertes reclamos por parte de la jerarquía de la orden jesuita.
Lo que resulta bastante peculiar, que estas quejas toman una ruta muy cuestionable.

Se dirigen al gobierno del presidente López Obrador. A él se le reclama en desplegados públicos y declaraciones a medios de comunicación de corte conservador, que no existan condiciones de seguridad en el Estado de Chihuahua, haciendo extensivo el reclamo para el resto del país.

La jerarquía de la orden jesuita llega al extremo de condenar la política del presidente López Obrador, de “abrazos y no balazos”. Señalan que “ya no alcanzan los abrazos” para frenar la violencia.

Hoy, en la conferencia mañanera, el presidente de México les contesta abierta y claramente a los dirigentes de la orden jesuita.

“¿Qué es lo que quieren o piden, al decir que ya no alcanzan los abrazos?”
“¿Nos piden que abramos la vía de los balazos, para combatir a los delincuentes?”
“¿Ése pensamiento es de cristianos, o de representantes de cualquier Iglesia?”

La máscara de la jerarquía católica se resquebraja ante los ojos de todo creyente. No es posible que los representantes de cualquier Fe, exijan medidas violentas al gobierno en turno.

Los dos sacerdotes jesuitas asesinados, dieron su vida en un intento por conseguir que la paz y la ruta de la no violencia, prevalecieran. Fracasaron , pero honraron su ministerio. A la sociedad del país y del mundo, dolió mucho este crimen. Incluso el Papa lamentó estas muertes y recalcó que la vía violenta no puede ser aceptable para los verdaderos católicos.

¿Cómo es posible entonces, que los representantes de una orden católica, pidan alternativas distintas a las de la no violencia?

¿Cómo es posible que digan que los abrazos ya se agotaron?

Como lo dice el presidente López Obrador el día de hoy, hay mucha hipocresía en las declaraciones de la cúpula jesuita.

Ellos nada dicen sobre la responsabilidad del gobierno panista en Chihuahua, no obstante que el delito es del fuero común. No critican la protección que se dio por años a este delincuente, conocido por todos. No hablan de las complicidades evidentes entre delincuencia y autoridades locales.

El dardo envenenado va dirigido al gobierno del presidente López Obrador.

El primer mandatario les responde claro: “Ninguna Iglesia debería hacer politiquería en favor del partido político de su preferencia. Es curioso que los jesuitas no criticaran en el pasado las políticas criminales de Felipe Calderón. Que nunca se alarmaran por las constantes masacres que se dieron durante ese periodo. Hoy mienten, intentando involucrar al gobierno federal, en un asunto que es de la competencia del gobierno panista en ese estado”.

“Pero vamos a investigar a fondo el caso. Vamos a dar con los responsables del crimen. Y vamos a deslindar responsabilidades, en lo que corresponde a la protección y encubrimiento que autoridades locales, dispensaron a este delincuente”

“Yo le pido a la autoridad de la orden jesuita, que deje de hacer política en favor de un partido opositor, utilizando esta desgracia que nos duele a todos”

La máscara está en el piso.

Topamos con la Iglesia y ya no sucede como en el pasado, donde se tenía que caminar con cautela.

Hoy, se le quita el disfraz a todo actor social que pretende engañar al pueblo.

Sean empresarios, políticos, periodistas, o representantes de cualquier iglesia, el trato es el mismo. Se les pone en evidencia, para que la sociedad los conozca tal como en realidad son.

¿Quieren respeto, de parte del gobierno y de una sociedad que ha experimentado un cambio de mentalidad?

Gánenlo con un comportamiento digno, donde la mentira y el juego sucio queden desterrados.
De no ser así, no esperan reconocimiento y respaldo alguno.

México ya cambió y en todos los ámbitos sociales, se dejó de adorar a las viejas Vacas Sagradas.

El respeto se gana.

Malthus Gamba