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Hay un fenómeno que se presenta reiteradamente en el espacio informativo que conocemos como “Redes Sociales”.

El hecho de que determinados actores que participan en las mismas y que por distintas razones adquieren cierta notoriedad, terminan diciendo “yo soy las redes sociales”, o también “mi voz es representativa de las redes sociales”.

Generalmente los personajes conocidos como influencers, incurren en esta conducta, más risible que perjudicial, al asumir que su expresión particular, su punto de vista personal y su opinión sobre algún asunto de interés, tienen valor o relevancia superior al del resto de los participantes en la red que utilizan.

Vemos a usuarios de la plataforma YouTube, que al tener visitas a sus respectivos sitios, en cantidades considerables, van adquiriendo la idea de que su voz, define el comportamiento social en redes. Piensan que el número de visitantes que recibe su plataforma, al dar a conocer una noticia, es directamente proporcional a la cantidad de respaldo que tiene su información. “Si mil personas vieron mi publicación, es evidente que mil personas están de acuerdo conmigo”.

Y esto nunca será así.

Ese vicio aparece en Twitter, Facebook y TikTok, de manera recurrente.

Ha llegado a tal grado la creencia de que la popularidad en redes, se traduce obligadamente en respaldo social, que tenemos en Nuevo León a un gobernador de extracción Tiktokera. Un producto de la popularidad en redes sociales, que al ocupar un espacio público importante en la vida real, se da cuenta de que el ser “influencer” reconocido, le sirve de muy poco para resolver problemas de la vida cotidiana.

El número de seguidores y las visitas que reciben sus publicaciones, hacen perder el piso a algunos. Pretender entonces manejar desde la comodidad del sillón, el destino de sectores sociales pequeños, o grandes, sobre los que piensan tener cierto nivel de control.
Y esto nunca sucederá así.

Hay un caso evidente sobre estas conductas, señalado por el propio presidente López Obrador.

Políticos que hacen “trabajo” permanente en redes sociales, intentando ganar respaldo popular, se dedican preferentemente a publicar mensajes atractivos para los usuarios en la redes, despreciando el fatigoso trabajo a ras de suelo.

Si uno de estos políticos cuenta con miles de seguidores y la gente de su equipo aporta el importante número de usuarios que los siguen, se tiene la idea de que los votos necesarios en el siguiente proceso electoral, llegaran sin problema alguno.

Y esto nunca sucede así.

En las elecciones internas de Morena, para definir consejeros al Congreso General del partido, pudimos ver cómo quedaron fuera de estos espacios, políticos de izquierda que sentían el triunfo seguro, al contar con cuentas “gordas” en Twitter y Facebook.

El respaldo virtual no se tradujo en votos reales. Quien visitó domicilios, hizo presencia en plazas y otros lugares públicos y platicó con la gente en forma directa, se llevó el triunfo en las encuestas.

Varios de los perdedores contaron con el respaldo de medios considerados “influencers”, por ser sitios con visitas masivas. Pero ese respaldo, al pasar de lo virtual a lo real, resultó no ser de la contundencia que se esperaba.

¿Por qué decimos todo esto?

Porque esa conducta, novedosa en redes sociales si se quiere, es un refrito de lo que sufrimos con los medios masivos de comunicación en el pasado reciente.

Lo que decían la radio y la televisión, se pensaba irrebatible. Se convertía en verdad nacional, aunque la realidad demostrara lo contrario.

Si lo decía Jacobo Zabludovzky, en los tiempos del priismo, se consideraba verdad incuestionable. Así lo veía y aceptaba el ciudadano común.

Los “influencers” no son cosa del presente. Son actores viejos que han asumido la misma conducta y actitud, a lo largo de los años. Quizá desde que se descubrió que la información y su manejo, juegan un papel fundamental en la vida política y social de los hombres.

Hoy en día, los periodistas y comunicadores del pasado, han perdido la mayor parte de su credibilidad. Fueron cómplices de la política corrupta neoliberal. Fueron beneficiados económicamente con recursos públicos, a cambio de su colaboración, o su silencio, según el caso.

El espacio que van dejando vacío esos medios desacreditados, lo va tomando poco a poco, la gente que participa en redes sociales.
¿Pero quién es esa gente?

Eso es lo que hay que dejar bien establecido.

Las redes sociales NO SON los influencers que pretenden ser la conciencia, o la voz social. No son las cuentas “gordas”, o los sitios que reciben más visitas.
Las “Benditas Redes Sociales”, somos TODOS.

Cada comentario, opinión, dato, reflexión, denuncia, respaldo, rechazo y demás intervenciones personales, forman el conjunto que da vida a nuestras plataformas.
Y eso sí es una realidad comprobable.

El presidente López Obrador lo ha expresado de manera clara en sus conferencias matutinas. “Todo ciudadano que dispone de un teléfono móvil, de una tablet, de una computadora, es en los hechos un periodista. Y esos periodistas nutren de información a las benditas redes”.

No hay “Vacas Sagradas” dentro de esas benditas redes sociales. No debe haberlas. No podemos permitir que aparezcan.

Sería tanto como permitir que el síndrome Zabludovzky, se activara de nuevo, transfiriendo los vicios de Televisa y TV Azteca, a las redes sociales.
No hay representante alguno en las Redes Sociales. Nadie es dueño de ellas. Ninguna voz está por encima de las otras.

Cuando un YouTuber, con ínfulas de influyente, intenta marcarte el camino a seguir, la opinión que debes defender, la conducta a observar, o la visión que debes tener de la realidad, está cruzando la línea de la COMPLETA LIBERTAD, que impulsa el presidente López Obrador.
Respetable será sin duda su punto de vista. Pero no pasa de eso. Una visión personal de un hecho, que puedes compartir, o no.

Las redes sociales se componen de millones de puntos de vista. Son referentes que puedes consultar para formar tu opinión personal. Pero ninguna de ellas te puede ser impuesta, alegando que son “la voz de la sociedad”, o “el alma de la red”.

En estos años de Cuarta Transformación, hemos aprendido mucho en aspectos que tienen que ver con la Libertad. Y como bien reitera el presidente, “La Libertad no se implora. Se conquista”
No vamos a pasar de los “chayoteros” del pasado recientes, a los “influencers dominantes” del presente.

Cualquiera que intente manipular y apropiarse para provecho propio, de espacios en redes sociales, debe ser mirado con sospecha. Con seguridad esa intención no es gratuita y corresponde más al tipo de usuarios que van más por el aspecto económico, que por la defensa de la liberad de expresión.

Nadie puede decir “yo y los que son como yo, somos la voz de las redes sociales y se nos debe tratar con consideración especial”.

La fuerza de las Benditas Redes Sociales, está precisamente, en que se conforman por millones de voces, que cuando defienden una causa justa, impulsan tendencias, o etiquetas específicas. Cada una de esas voces es un respaldo sólido en favor de la acción emprendida.
Esos ciudadanos son los verdaderos propietarios de la redes y no quienes manejan espacios personales, con la intención de imponer su idea particular, por encima de opiniones ajenas a su visión.

Un ejemplo de ellos es esta nota.

A algunos podrá gustarle, o interesarle lo escrito y a otros no. Es un punto de vista y nada más. Una participación en redes , para reflexionar un poco.
Una aportación.

Los puntos de vista diferentes, tienen igual valor, si están bien fundamentados.

Y nada pasa si hay respuestas en contra de lo escrito. El que se hayan acercado a esta información en redes sociales, es lo valioso.

La Libertad total en las benditas redes, es lo que realmente importa.

No permitamos que algunos intenten adueñarse de ellas.

Malthus Gamba