La cumbre de los líderes de Norteamérica que se celebró la semana pasada en la Ciudad de México con la presencia de los presidentes de México, Estados Unidos y del primer ministro de Canadá, generó más expectativa a partir de detalles irrelevantes que por los acuerdos que se alcanzarían en la misma.

Así la opinión pública le puso más atención al aterrizaje en el aeropuerto Felipe Ángeles de los aviones que trajeron a México a los mandatarios de Canadá y Estados Unidos, impulsada por la estupidez supina de los comentócratas de oposición que se cansaron de asegurar que esto no sucedería, para después terminar haciendo el ridículo acostumbrado en casi todas sus predicciones irrelevantes.

Otro de los detalles que recibió más publicaciones en redes sociales durante esa semana, fue el viaje del presidente de México en La Bestia, el automóvil de Joe Biden para acompañarlo a su hotel desde el aeropuerto, como si esto revistiera una importancia de primer orden.

El contenido de la cumbre en sí misma había generado expectativas en torno a la propuesta del presidente de México, insistiendo sobre la necesidad de inclusión del resto de los países del continente, en un esquema comercial similar al que se creó a partir del T-MEC.

Al final de cuentas la cumbre se llevó con base en las agendas que ya se encontraban diseñadas para ello, con los temas de migración, seguridad y consolidación económica de la región Norteamericana.

El aspecto más relevante en el que se alcanzó un acuerdo concreto, fue el diseño de un mecanismo por medio del cual la región comenzará a llevar a cabo un proceso para identificar y sustituir importaciones de Asia, mediante el impulso a la producción de una buena proporción de los productos que se importan desde allá, definiéndose grupos de trabajo integrados por funcionarios de primer nivel que trabajarán orientados hacia este propósito.

Con este y otros acuerdos específicos, los tres países comenzaron a perfilar ya una región completamente integrada en el aspecto económico y de mecanismos territoriales de producción, quedando aún por determinar en el futuro, el complicado tema de libre tránsito en la región para los habitantes que deseen ejercer una movilidad laboral completa.

Hoy día después de esta cumbre, ya no están a discusión dos temas que antes podrían cuestionarse, la integración total de México como un miembro fundamental del impulso económico para Norteamérica, que es un hecho incontrovertible y que la relación entre los tres países está dejando de ser asimétrica en el tratamiento que se le otorgaba a nuestro país en el pasado inmediato como un subalterno, en lugar de un socio y aliado estratégico.

La inclusión de México en los planes serios de inversión de Estados Unidos y Canadá, permitirá que su desarrollo interno sea cada vez más dinámico, así como su participación integral en los procesos productivos y comerciales para que se lleven a cabo de forma tanto natural como esperada.

Si bien la idea de una América integrada queda para mejor ocasión, la realidad de una Norteamérica fortalecida y orientada a trabajar unida para enfrentar los retos comerciales del futuro inmediato de cara a la nueva configuración geopolítica del planeta, es ya una realidad concreta y operable.

Así es que dejemos a los inútiles de la oposición y a sus comentócratas seguirse ocupando de los asuntos sin importancia, mientras México avanza en su consolidación como un actor fundamental del desarrollo norteamericano. A ellos les corresponde ser cronistas de su propia estupidez.

Como dijo el poeta alemán Goethe: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

 

Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de quién las emite y no necesariamente representan el punto de vista de SinLíneaMx.

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Por Erika