Llevamos semanas escuchando la defensa incoherente de parte de los mismos estridentes de siempre, sin argumentos que respaden a un INE corrupto y podrido, en el intento de proteger uno de los últimos vestigios de la estructura que algún día les sirvió a los oligarcas para mantener sus privilegios de saqueo.

Se aplicaron en publicar falacias en todos los medios de propaganda y las redes sociales, preparándose según ellos, para darle un escarmiento al gobierno, organizando una super mega marcha que lo iba a poner a temblar y que le iba a demostrar los millones de personas que estaban en contra de la reforma electoral enviada al Congreso.

Al final organizaron su marchita en la que los millones se redujeron a unos cuantos odiadores entre cincuenta mil acarreados, en la que ni siquiera estuvo Lorenzo Córdova, quien se supone tendría que haberla encabezado, ya como abierto opositor a la reforma referida.

Hoy contamos con todos los elementos necesarios para evaluar la opinión de la mayoría al respecto de este asunto, gracias a las encuestas realizadas por el mismo INE, aunque su intención haya sido ocultarlas; también contamos con los resultados de otros sondeos que han llevado a cabo diferentes medios y gracias a ellos, sabemos que 9 de cada 10 ciudadanos opinan que hay que sanear y transformar la estructura electoral del país, un 10% opina lo contrario y es dignamente representado por 10 mil personas, que demostraron estar abiertamente en contra de ella y que dicho sea de paso son bastante pocos como para representar a 9 millones.

Todo esto les proporciona a los legisladores encargados de discutir la reforma, los elementos de juicio necesarios para saber lo que piensan al respecto sus representados, facilitándoles así la adopción de una postura congruente con la voluntad de sus electores, que conste que aquí no hablamos de los plurinominales a quienes nadie eligió y que no tienen que responderle a ellos, razón suficiente para que la reforma los desaparezca, como lo tiene previsto.

Ahora viene lo importante, que es transformar y modernizar la estructura electoral del país, volviendo funcional al INE y al Tribunal Electoral que están convertidos en carcachas inservibles, desgastadas por el óxido de la corrupción, el dispendio y la simulación, disminuyendo su gasto y a sus integrantes, quienes deberán ser elegidos por el voto popular.

Desapareciendo los órganos y tribunales electorales estatales que solo cuestan y complican los procesos con fraudes urdidos localmente. Eliminando a los legisladores plurinominales que son escogidos por sus propios partidos y que participan en decisiones que deberían ser exclusivas de legisladores representantes de los ciudadanos. Disminuyendo las enormes cantidades injustificables de dinero que se le entregan anualmente a los partidos, convirtiendo los procesos electorales mexicanos en los más caros del mundo, además de ineficientes y poco confiables.

Y aunque hay temas como los del voto electrónico, que antes de aprobarse la reforma, debería ser perfectamente entendido y aterrizado técnicamente para evitar la manipulación de los sistemas, en general ésta terminará por dotar al país de un sistema electoral eficiente y confiable a un costo razonable, en función de las dimensiones del padrón electoral existente.

Hoy a nadie le queda duda de que la opinión general indica que la reforma electoral es necesaria y deseable, aunque algunos pocos se opongan por desconocimiento o en la eterna pelea por mantener privilegios y prebendas injustificables, dentro de la nueva realidad que vivimos, cuyo miedo los convierte en odiadores.

Como dijo el escritor francés Alphonse Daudet: “El odio es la cólera de los débiles”.

Por Erika