La paja en el ojo ajeno

Por Akire Lincho

Durante 15 minutos, más de mil cien balas fueron disparadas por distintas armas de alto poder. Primero, fue la confusión; siguió el terror mientras la gente iba cayendo herida alrededor de aquellos que trataban de poner sus ideas en orden y corrían en círculos, intentando resguardarse de los disparos sin saber de dónde venían, y terminaban tirándose al suelo para ofrecer un blanco menos visible. A las 10:15 de la noche, una vez que los disparos dejaron de sonar, había 58 cuerpos de civiles sin vida regados en el piso, 413 personas más heridas de bala, algunos emitiendo expresiones acogedoras de dolor, y otras 456 personas lesionadas en sus intentos por escapar de la masacre.

Esto no sucedió en Culiacán, Tamaulipas, Chihuahua, Sonora, Afganistán o Siria. Tuvo lugar en Las Vegas, Nevada, Estados Unidos el 1 de octubre del 2017 durante el concierto de clausura del Ruta 91 Harvest music festival, donde un sujeto pertrechado en el piso 32 de Hotel Mandalay Bay con 14 fusiles de asalto AR-15, ocho AR-10, un rifle de alimentación manual y un revolver, comenzó a disparar hacia la multitud congregada en el festival, después de herir en un brazo a Jesús Campos, empleado del hotel que había descubierto el arsenal.

Tiroteo en Vegas, Nevada.
Más de 50 muertos y 500 heridos.

El terrorista no era un jihadista musulmán, un miembro de la raza negra, un peligroso migrante mexicano, ni uno de los “bad hombres” de Sinaloa, sino un respetable ciudadano norteamericano blanco, anglosajón y protestante de 64 años, auditor y corredor de bienes raíces retirado, sin antecedentes penales ni historial de enfermedades mentales; es decir, un ciudadano “normal”, quien después de masacrar a los civiles se pegó un tiro en la cabeza.

Fue uno de los más de 360 actos internos de terrorismo contra la población civil que suceden en los Estados Unidos cada año, que cobran la vida anualmente de un promedio de 32 mil personas inocentes y que convierten a ese país en uno de los más violentos y peligrosos del mundo, donde uno de cada 10 ciudadanos civiles posee un arma de fuego; es decir, 310 millones de armas de fuego en manos de civiles, las cuales provocan 93 homicidios dolosos cada día en escuelas, universidades, plazas comerciales, cines, bares, estadios deportivos, conciertos, iglesias, parques y calles a lo largo y ancho del territorio estadounidense, donde menos te lo imagines y cuando menos te lo esperes.

Todo esto sucede en un escenario donde existen 781 mil policías, un millón y medio de miembros de las fuerzas armadas, otro millón y medio de reservistas del ejército, los sistemas de vigilancia, seguridad y espionaje más sofisticados del planeta, sin que nadie en ese país pueda estar seguro de cuáles son las causas a las que se debe este fenómeno, ni tenga la menor idea de cómo controlarlo.

Adicionalmente, en todas partes de los Estados Unidos viven hoy en día treinta millones de adictos a drogas ilegales, que consumen sus dosis todos los días y, de los cuales, mueren más de 72 mil al año a causa de una sobredosis, sin que existan campañas nacionales orientadas a disminuir el consumo de drogas peligrosas para la vida de las personas. Esta situación es la causa fundamental de que existan grupos fuera de ese país dedicados a surtir la mercancía para el mercado norteamericano de consumo masivo de drogas, mismos que se arman con fusiles, pistolas, escopetas y rifles de alto poder que les venden los mismos comerciantes de armas norteamericanos para que lleven a cabo sus guerras por el control de las rutas de trasiego de estupefacientes fuera de territorio estadounidense y, especialmente, en territorio mexicano.

En México, más del ochenta por ciento de los homicidios dolosos derivan de las batallas entre bandas y cárteles de la droga y del crimen organizado en general, por disputas para ocupar territorios y rutas de tráfico de drogas hacia los Estados Unidos; se concentran fundamentalmente en ocho estados de la República Mexicana; provocan un promedio nacional de 94 homicidios dolosos diariamente, uno más por día de los que suceden en los Estados Unidos, y más del setenta por ciento de estos homicidios se comenten con las 232 mil armas de fuego que les venden los comerciantes de armas estadounidenses cada año. Hay 2.2 millones de adictos a drogas ilegales en el territorio nacional, pero las muertas por sobredosis solamente son del orden de 132 por año, 232 veces menor a la cifra que se registra en Estados Unidos.

La diferencia fundamental en la visión que ambos países tienen sobre el problema de violencia que sufren es que en México se conocen las causas, se sabe quiénes son los grupos que la desatan, dónde están estos grupos y dónde operan, además de contar ya con una estrategia clara para atender y resolver el problema que se concentra básicamente en atacar las causas y en realizar trabajo de campo con la Guardia Nacional, cuyo avance de implementación es del 50%; es decir, se reconoce el problema, se conoce bien y el gobierno se encuentra actuando para resolverlo.

Estados Unidos tiene el índice de sobredosis por droga más alto entre países de la OCDE, según un estudio.
Fuente: CNN

Por otro lado, en los Estados Unidos no tienen claras las causas por la que ciudadanos normales, respetables, blancos, anglosajones y protestantes, sin antecedentes penales o historial de enfermedades mentales de repente toman una de las 310 millones de armas que se encuentran en poder de la población civil y salen a la calle a dispararle a sus semejantes cualquier día de la semana, en cualquier lugar público donde se concentren ciudadanos civiles desarmados, a lo largo y ancho de la unión americana. No se entiende si el problema es el consumo de droga, la promoción de la violencia en los medios, la adopción del dinero como único valor, algún trauma de guerra, la descomposición social, la facilidad para adquirir armas de fuego y su proliferación o todas estas juntas. Tampoco cuentan con un diagnóstico que les permita diseñar una estrategia para terminar con él, ni con programas nacionales de difusión masiva para el rescate de adictos a las drogas, ni con expectativas de modificar la regulación sobre la venta de armas para que el país comience a dejar de ser un arsenal al alcance de todos. En pocas palabras, no saben qué hacer con su problema, pero eso sí, están muy preocupados para que los demás resuelvan los suyos, muchos de los cuales derivan del mercado de consumo de drogas en los Estados Unidos y del tráfico de armas norteamericanas que terminan en manos de criminales en México.

Si tomamos en cuenta los 32 mil homicidios dolosos anuales en los Estados Unidos y los 72 mil muertos por sobredosis nos damos cuenta que, comparado esto con el problema de México, donde se dan alrededor de 34 mil homicidios dolosos y 132 muertes por sobredosis anualmente, el país que está realmente en graves problemas, y quien necesitaría mucha ayuda de otros para intentar comenzar a salir de él, es más bien los Estados Unidos y no México.

Por eso resulta completamente ridículo, por decir lo menos, que existan voces de vendepatrias en México deseando que los norteamericanos, quienes no tienen la menor idea de cómo resolver sus problemas de violencia interna y consumo de drogas, vengan a México a “ayudarnos” a resolver un problema del que ya nos hacemos cargo con mucha más idea de la que tienen ellos.

Es también demencial que algunos legisladores norteamericanos, quienes deberían estar enfocados en resolver estos problemas internos de su sociedad y de su país, tengan el descaro de declarar que preferirían estar en Siria que en Chihuahua. Podríamos contestarles que es preferible estar en Chihuahua, Siria o Afganistán que en alguna escuela secundaria, centro comercial o estadio deportivo dentro de Estados Unidos, donde puede aparecer un loco armado en cualquier momento y dispararnos.

Fuente: Congressional Research Service (2012) y Small Arms Survey (2007)

Para muestra, mientras terminamos esta columna podemos leer en la prensa internacional sobre el último ataque recién sucedido, el número 369 de este año en los Estados Unidos, en un estadio deportivo de una escuela en New Jersey, donde un individuo disparó contra los espectadores y dejó heridos a por lo menos dos estudiantes.

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