El cuarto poder en la Cuarta Transformación

Por: Saúl Sánchez

“Estar bien informado” es hoy por hoy uno de los supuestos más ingenuos que puede tener cualquier ciudadano del mundo, sin importar su edad, clase social o nivel educativo. Una auténtica ironía de la llamada era de la información.

Las más de las veces, se tiende a dar por sentado que basta con revisar las noticias del celular para saber qué es lo más relevante que está aconteciendo y por qué, pero, sobre todo, si se trata en principio de algo positivo o no, es decir, qué opinión me merece tal o cual asunto. Como si los medios de comunicación simplemente transmitieran hechos objetivos, sin más filtro que el de una edición neutra que sintetiza la noticia, preservando en lo posible su esencia. Y para interpretarla adecuadamente es que se cuenta con analistas, cuya opinión “experta” es presentada como una verdad sólida y evidente.

Pocos se detienen a pensar en el conflicto de interés inherente a cualquier medio de comunicación, sea éste público o privado, por cuanto su línea editorial responde inevitablemente a los designios de un dueño o autoridad. Quien consume así las noticias, sin cuestionar críticamente la fuente, su papel político e interés económico, es presa fácil de un fenómeno conocido como manipulación mediática, tan añejo como los medios mismos. No por nada, éstos tienen la (mala) fama de fungir en la práctica como un verdadero cuarto poder -no oficial, mas sí oficioso- presto a inclinar la opinión pública hacia uno u otro lado según convenga, por más que se presenten a sí mismos como adalides de la libertad de expresión.

En este sentido, la Cuarta Transformación, aunque parsimoniosa en consolidar cambios estructurales, profundos y duraderos, ha traído consigo una verdadera revolución comunicativa sin precedentes.

El auge de las benditas redes sociales ha conllevado la emergencia de numerosos actores otrora invisibilizados, cuando no inexistentes, que han venido a trastocar por completo al sistema, sus protagonistas y narrativas favoritas, la nueva dictadura perfecta. Lo mismo hablamos de nuevos canales que de programas y líderes de opinión, sin mencionar la famosa mañanera, estrategia por demás eficaz que busca literalmente madrugar a la oposición, marcando la agenda del día antes que nadie.

En la actualidad, ya casi nadie consume noticias ni en los medios ni en los formatos tradicionales, sino que la gente asume una conducta activa de búsqueda de contenidos de acuerdo a su gusto y a la credibilidad que les concede. Así pues, asistimos al eclipse de los viejos guardianes del régimen neoliberal, tipo Carlos Loret de Mola o Denise Dresser, quienes están siendo rápidamente desplazados por personajes hasta hace poco desconocidos o bien censurados, como es el caso de John Ackerman y Alfredo Jalife.

Del mismo modo, nos encontramos con la presencia de medios que, de ser marginales, han pasado a colocarse en el centro neurálgico de la comunicación política y la disputa por las audiencias, ya se trate de grandes grupos como Radio Centro o de youtubers independientes como El Chapucero. Y qué decir de la exitosa penetración de canales extranjeros como Telesur, Al Jazeera o RT, quienes ofrecen una visión alternativa totalmente inusitada con respecto a la típica mirada occidental aún imperante.

El oligopolío de la información y, por tanto, el control del pensamiento único, se ha roto por completo. Somos testigos de una guerra -de guerrillas- comunicacional entre bandos en principio asimétricos, pero que sin embargo compiten de tú a tú, y donde hasta ahora los David parecen estar venciendo a los Goliat. Este nuevo escenario exige del ciudadano una actitud crítica permanente, junto con la voluntad de hacerse con un menú de ofertas informativas, a la vez confiables y diversas, que le brinden una mirada amplia, capaz de integrar todos los ángulos de una misma cuestión. Quizá esto no garantice un acceso directo a La Verdad, pero sí reduce sensiblemente el riesgo de ser manipulado.

En medio de esta vorágine de comunicación masiva, estar verdaderamente bien informado es, ahora más que nunca, una necesidad vital.

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