El cártel de la pluma y del micrófono

A lo largo de la historia moderna de México y especialmente desde el porfiriato, el hábito de opinar, desinformar y ocultar la verdad a cambio de dinero, se convirtió en una conducta constante de los medios convencionales de información, de muchos periodistas, analistas e intelectuales asintomáticos. Esta conducta se interiorizó intensamente durante el periodo neoliberal que sufrimos en el país a lo largo de los últimos 40 años.

México se convirtió en el cuerno de la abundancia para los desinformadores dispuestos a difundir cualquier mentira publicada por las autoridades corruptas y a ocultar cualquier información que revelara la realidad verdadera, en relación con el saqueo indiscriminado que fue la práctica normal de sus gobiernos, mientras los llenaron de dinero y privilegios.

Nuestro país también se convirtió en el territorio más peligroso del mundo para los periodistas que no accedían a comportarse de acuerdo con las instrucciones emitidas desde el poder, o desde sus tentáculos representados por el crimen organizado y que decidían revelar la verdad sobre los hechos. A éstos los llenaron de plomo.

A raíz del surgimiento de las redes sociales, los hechos comenzaron a ser narrados por un número cada vez mayor de ciudadanos, quienes a pesar del silencio y de la desinformación publicada en todos los medios convencionales para hacernos creer que vivíamos en una realidad de color rosa, fueron responsables de que la verdad se abriera paso y de que despertara la consciencia colectiva.

Hoy estos medios que no conocen otra forma de informar que no sea la de emitir una opinión pagada, están escandalizados preguntándose quien le paga a todos los ciudadanos por las opiniones que emiten en sus redes sociales, cuando éstas no coinciden con las que ellos difunden a cambio de dinero, o cuando la opinión pública los exhibe como simuladores hipócritas y cómplices de la delincuencia de cuellos blanco.

Así los cárteles de la pluma y del micrófono, ligados a los intereses de oligarcas nacionales e internacionales, como Aristegui Noticias y Artículo 19, que contratan a otros simuladores como Signa Lab, que hacen análisis del nivel técnico más básico, para intentar demostrar que son víctimas de ataques en las redes, cuando lo único que comprueban, es que los ciudadanos ya no nos tragamos sus mentiras y sus montajes.

Los medios ligados abiertamente a la oligarquía, son exhibidos y desmontados todos los días desde la conferencia matutina del Presidente de la República y a través de las redes sociales; también lo son otros pequeños cárteles de la desinformación, que intentan vivir ensarapados bajo una imagen de independencia y probidad, pero que en realidad son financiados también con dinero derivado de la corrupción, el saqueo y de organismos internacionales con intereses injerencistas.

Todos estos no se explican de donde sale el dinero para “aceitar” a los millones de ciudadanos que publicamos nuestra opinión todos los días en las redes sociales y que nos hemos dedicado a desenmascarar su hipocresía, su postura mercenaria y su actitud de prensa sicaria.

En todos estos años, nosotros no hemos vivido como ellos, extendiendo la mano y abriendo la boca a cambio de las limosnas recibidas de parte de aquellos a quienes hay que hacerles el trabajo sucio en la difusión de mentiras. Nuestra información no depende del interés en conseguir privilegios, sino de la convicción en el bienestar común y ese no es un concepto que sus cerebros disfuncionales estén capacitados para procesar.

Es hilarante su sorpresa ante la imposibilidad de enfrentar las reacciones de la sociedad en las redes sociales, como respuesta a sus continuos intentos de vendernos una realidad aparente que no existe y que promueven como mercenarios inconscientes, descubriendo que no hay producción de chayote que alcance para comprar la opinión pública.

 

Como dijo el poeta italiano Cesare Pavese: “La sorpresa es el móvil de cada descubrimiento”.