Bolivia, otro ensayo golpista de la OEA

Por Miguel Ángel Lizama
@Migueliz8

El golpe de Estado en Bolivia activado por la OEA, brazo ejecutor de Washington disfrazado de apoyo regional, induce a recordar el consejo “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. México tiene varias similitudes con países que han padecido convulsiones en toda América, salvo Estados Unidos y Canadá, y una sola diferencia: Su élite oficial armada, pues la élite delincuencial armada se cuece aparte.

Algo común en México y los países de América Latina es una clase empresarial (industrial, comercial y bancaria) voraz y beligerante, sin contrapesos reales (sólo teóricos), que utiliza a la Iglesia y a medios de comunicación convencional para manejar la difusión de sus intereses, eminentemente económicos, como si fueran de beneficio general, aunque para garantizarlos y acrecentarlos deba servirse de políticos que controlan el entramado oficial.

Basta elegir algún político ambicioso como Guaidó en Venezuela o Mesa en Bolivia, rodearlo de una corte de apoyo que difunda su “oposición” y contratarle una masa agresiva dispuesta a todo, para iniciar una desestabilización e incitar revueltas que empiecen por aparentes protestas contra cualquier medida reclamada como violatoria de algún derecho humano, hasta desembocar en alguna intervención de la OEA que propicie el resultado buscado: Golpe o Sumisión.

La diferencia actual de México con otros países es su cúpula armada, que sufrió un cambio drástico en estructura y operación con la llegada al poder del Presidente Andrés Manuel López Obrador, al desaparecer el nefasto Estado Mayor Presidencial (EMP), ahora incorporado formalmente al Ejército, Armada y Fuerza Aérea, de donde salían sus oficiales, con lo que se retomó la verticalidad del mando que encabeza, por disposición Constitucional, el titular del Poder Ejecutivo.

Durante décadas sólo la nata de la élite militar mexicana se permitía la comunicación transversal fuera de su ámbito estricto de actuación, lo que originó, en muchos casos, conjuras, asonadas, traiciones y derramamiento de sangre. Eso explica que los poderes fácticos hayan influenciado a las Fuerzas Armadas mediante generales de alta graduación cercanos al poder presidencial o con mando de tropa en importantes regiones del país. Se dedicaban más a intercambiar chismes y grillas, que a labores militares. Era la élite, ocupada sólo en distraer su ocio, creando chismes, armando intrigas, como todas las élites ociosas.

Esa transversalidad militar permitió, desde siempre, a los embajadores de Estados Unidos tener el acceso frecuente a esa élite capacitada o pulida en las instalaciones militares, navales y aéreas del vecino país, por lo que era fácil comprometerla en planes o estrategias inducidas desde Washington. La Decena Trágica y los asesinatos del Presidente Francisco I. Madero y el Vicepresidente Pino Suárez son gran ejemplo de esto.

Igual de fácil le resultaba a la jerarquía católica aprovechar el conservadurismo militar, lógico en una mentalidad condicionada para sólo obedecer sin razonar, a fin de propiciar alzamientos contra la autoridad civil y sus disposiciones que consideren atentatorias contra la Iglesia, como sucedió con la Guerra Cristera.

La transversalidad de la cúpula militar del EMP estuvo en el origen y diseño estratégico de matanzas civiles, como Tlatelolco y el “halconazo” de junio del 71 para supuestamente enfrentar “la amenaza comunista” tan preocupante para los empresarios, así como en el despliegue (excesivo) de fuerza que ordenó Salinas de Gortari contra quien hizo “enemigo” de su usurpación, para cobrarse la afrenta del apoyo sindical al hijo del expropiador del petróleo, y la orden de otro usurpador, Felipe Calderón, para sacar al Ejército a una absurda “guerra al narcotráfico”, que encubrió su paranoico temor de que los enojados seguidores del trampeado Andrés Manuel López Obrador lo sacaran de la silla presidencial donde lo instaló Vicente Fox a la mala.

La pérdida del EMP desconcertó los afanes de las cúpulas empresariales, políticas y mediáticas mexicanas, furiosas por el voto masivo contra sus intereses particulares. Siguen muy inconformes con la decisión popular e indignadas con la actuación anticorrupción del nuevo Mandatario, no obstante su ánimo conciliador y pacifista, de lo cual hacen escarnio para demeritarlo. Sin el EMP que les diera cauce, se volvieron conspiradores para hallar nuevas vías a fin de imponer sus visiones y condiciones, y siguen probando de todo, desde groseras mentiras evidentes en sus medios afines de difusión –que callan o distorsionan avances y esfuerzos del nuevo gobierno–, hasta notas negativas y vengativas de calificadoras de inversiones, pasando por generales en retiro que incumplen el Código Militar para incitar a una rebelión y un poder judicial corrupto inamovible, armado por quienes agraviaron mucho a la gente de México y ésta les cobró la afrenta a fuerza de votos.

En Venezuela y Bolivia las cúpulas empresariales aprovecharon la visión clasista y avasallante del gobierno estadounidense para usar un organismo regional (la OEA), como vía golpeadora para justificar un injerencismo vestido de “legalidad”. En ambos países, como en México, compraron militares de alta graduación –capacitados en EU– para crear una “rebeldía” contra su alto mando, como fue evidente con distintos resultados. En Venezuela no pasó de un frustrado intento de asonada desde Colombia; en Bolivia ganó el golpismo con las turbas incendiarias que forzaron la renuncia del Presidente Morales; en México apenas se está desarrollando un conato de sublevación encabezada por un ex-subsecretario de la Defensa y otros dos generales, todos retirados aunque activos en sus conspiraciones estimuladas y aplaudidas por la Derecha desplazada del poder. En Venezuela, la milicia formal y la informal enfrentaron el golpismo y tuvieron éxito temporal, porque los conspiradores siguen activos. En Bolivia, el respeto pacifista de Evo Morales permitió que las turbas incendiarias cumplieran su objetivo final de desalojarlo de la Presidencia.

En México, la desaparición del EMP y su libre transversalidad, impuso una traba inesperada a los conspiradores más reaccionarios de la Iniciativa Privada, acostumbrados a manejar con su dinero e influencias los hilos del poder, aun por encima de quien supuestamente está en la cúspide del mismo, y que antes los obedecía sumisamente, como fue evidente en los gobiernos de Fox, el usurpador Calderón y el televisivo Peña Nieto.

A diferencia de los llamados gorilatos en Centro y Sudamérica, tan dóciles a las embajadas gringas y las cúpulas empresariales desestabilizadoras, en México se les movió todo el tablero, aunque no desapareció del todo la amenaza golpista, que abusa del ánimo conciliador y legalista del Presidente López Obrador.

Hasta hoy, Andrés Manuel se ha mostrado cauto, prudente, pacifista, y no ha hecho valer el Código Militar que castiga la insubordinación (aunque sea de palabra por carencia de mando de tropa), ni su condición de Jefe Nato de las Fuerzas Armadas que le da la Constitución de la República, para ordenar medidas disciplinarias a sus generales retirados y desarmar parte de la viciada estructura neoliberal.

México es distinto, aunque los reaccionarios golpistas son iguales a los de otros países en su codicia desmedida y su negativa a aceptar la Voluntad Popular, por lo que se rehúsan a reconocer y, mucho menos, aceptar la necesidad de Bienestar General y sólo quieren el suyo exclusivo.

La historia están pendiente de escribirse. En todos los casos, EL PUEBLO TIENE LA ÚLTIMA PALABRA.