Adversarios consideran que actitud pacifista de AMLO es permisiva de todo, se equivocan

Por Miguel Angel Lizama
@Migueliz8

Los enemigos del Presidente no lo están leyendo bien. Y al no leerlo bien, lo interpretan mal. A pesar de que, en honor a la verdad, es un libro abierto.

Al parecer, consideran que su actitud pacifista es permisiva de todo. Por eso llegan a la mentira, al denuesto, al insulto, sin llegar –todavía– a la agresión directa, aunque ya se están financiando pruebas de asonadas inducidas, como las “protestas” en la Policía Federal o las reclamaciones de Antorcha Campesina, el brazo sicario del PRI, que también aprovecha el PAN. Las reiteradas alusiones presidenciales al apego legalista de Juárez parecen interpretadas como una patente de corso para hacer y deshacer a gusto, sin alguna consecuencia, sólo que ahora sin moches ni agasajos al Tlatoani ni a sus sumos sacerdotes.

Los adversarios del Presidente López Obrador soslayan o ignoran que “el apego legalista de Juárez” lo hizo mantenerse firme en la sentencia de fusilar a los traidores y agresores de México. Ni llantos, ni ruegos, ni cartas de Víctor Hugo (afamado escritor francés) o el Papa, le hicieron revocar la orden de fusilamiento, a cumplirse conforme a la ley. Maximiliano, Miramón y Mejía fueron juzgados de acuerdo con la ley, y sentenciados al castigo previsto por la misma. Y se cumplió la ley. En el Cerro de las Campanas quedó el testimonio del estricto apego a la ley, al que se sujetó como Presidente de México el Benemérito de las Américas, Benito Juárez, el indígena de Guelatao, Oaxaca.

Por lógica elemental, ley sin compulsión, no es Ley. Si no hay previsto un castigo a quien no la respeta o la transgrede, no puede llamarse Ley. El apremio y fuerza para hacer cumplir cualquier ley, es consustancial a la misma, pues le da valor y carácter.

En las escuelas de Derecho se enseña que la ley es dura, pero es la ley, y debe acatarse. “Lex dura, dura lex” es la divisa que, sin embargo, en México se acomoda a voluntad, máxime cuando hay dinero de por medio para lograr su laxitud. Eso ha permitido que los “Intérpretes de la Ley”, los jueces, ajusten su interpretación al pago recibido y ha permitido una lluvia de amparos que se tramitan con la velocidad de la luz, cuando a todo el país le consta la lentitud pasmosa en la impartición de justicia.

En esa lentitud jurisdiccional de siempre (salvo ahora que hay mucha lana de por medio en los trámites de amparo para políticos de regímenes anteriores) se basó la nueva Presunción de Inocencia metida por los antiguos partidos de mayoría, a fuerzas y con todas su letras, en una nueva disposición penal general, que borró distinciones entre ley federal o estatal.

Ahora hasta un asesino que mate a cualquiera a plena luz del día, “es inocente hasta que no se emita sentencia judicial definitiva que declare su culpabilidad”. O sea, que puede transcurrir una eternidad sin que el “presunto inocente” pueda pagar por su culpa y ni siquiera ser detenido, porque es inocente. En Estados Unidos, por ejemplo cercano, la Advertencia Miranda le da a todo “presunto culpable” las garantías para no incriminarse y probar su inocencia ante las acusaciones que le presente el fiscal, pero no le dice que ES INOCENTE HASTA QUE EL ÚLTIMO DE LOS JUECES DIGA LO CONTRARIO EN SENTENCIA QUE YA NO SE PUEDA APELAR.

Por eso hoy en México es muy rentable cualquier transgresión, como a cada rato se comprueba, lo mismo en Las Mañaneras del Presidente en Palacio Nacional, que en cualquier calle u oficinas de órganos autónomos e independientes. Invariablemente, el sujeto activo o inocente reclama “El que acusa debe probar”, mientras el pasivo o víctima exclama “¿Y ahora quién podrá defenderme?”

Andrés Manuel López Obrador sabe de Historia. Conoce mucho y bien. Habla despacio, midiendo sus palabras, analizándolas en sus consecuencias, pero piensa rápido. Su actitud es conciliadora, pero, ¡cuidado!, no consentidora. Es tolerante, pero no indiferente. Y, lo más relevante, demuestra estar decidido a cumplir su juramento al tomar posesión como Presidente de todos los mexicanos: “Cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen” aunque sean malas e injustas.

La ley que creó la Policía Federal, aún con todas las modificaciones que le hizo Peña Nieto para ponerla a las órdenes de Osorio Chong en Gobernación, debe tener previstas todas las faltas que se cometieron en la rebelión en sus centros de control, donde se rompió todo control. AMLO sólo debe apegarse a la ley. Dijo que no habría represión y no la habrá como antes, pero la ley impone castigo a la insubordinación en los cuerpo policiales y DEBE RESPETARSE LA LEY. Simple y sencillamente. Que nadie, por muy inconforme que sea, esté por encima de la Ley.

Quien viole la ley, que sea castigado como la ley impone. Sin concesiones políticas, ni ruegos o llantos para su perdón y olvido. ES LO MÍNIMO QUE ESPERA EL PUEBLO. Los que andan buscando, que por fin encuentren. Los que no leen bien al Presidente López Obrador, ni quieren entender su prudencia, que vayan conociendo su apego a la ley, como enseñó Benito Juárez.

La ley, por muy dura que se considere, ES la Ley. En el Cerro de las Campanas se probó. Y es necesaria una actualización. Ya es tiempo.

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