Por Melvin Cantarell Gamboa

El complejo petrolero Cantarell situado en el Golfo de México fue considerado en su momento el segundo mayor campo del mundo; su enorme producción salvó las finanzas de dos sexenios (Echeverría y López Portillo); de 2001 a 2012, debido al aumento de los precios del crudo, ingresaron al país cerca de 800 mil millones de dólares que dilapidaron Fox y Calderón en su ansia de favorecer a las empresas privadas; fue palanca y motor del crecimiento del país; pues bien,  toda esa riqueza salió de las aguas marítimas del estado más abandonado de la República: Campeche.

Si esos dólares hubieran sido distribuidos entre la población de ese estado el ingreso per cápita hubiera superado al de Kuwait; sin embargo, en la repartición del excedente petrolero entre los 32 estados del país la cantidad entregada a Campeche era de las menores, no alcanzaba ni para reparar la destrucción de la infraestructura carretera que los vehículos de Pemex provocaban al traficar por sus caminos.

La declinación de la producción del campo Cantarell y la caída de los precios del crudo han sumido a esa entidad en una recesión económica que dura ya diez años; en ocasiones, con tasa negativa de crecimiento de hasta dos dígitos. Hoy su economía es comparable a la de Nepal, uno de los países más pobres y menos desarrollados del mundo; una tercera parte de la población nepalesa vive bajo la línea de pobreza, ocupa el lugar 99 entre las economías del mundo, es una sociedad agraria y aislada, con deficiencias en comunicación, tecnología y servicios. El parecido con Campeche no es mera coincidencia.

Para el campechano común sus gobernantes de los últimos cincuenta años, todos emanados del PRI, se hicieron muy ricos saqueando las arcas del estado, ejerciendo un poder caciquil se apropiaban negocios privados enviando a sus dueños cheques por la cantidad que su libre arbitrio les dictaba; favorecían a sus amigos e incondicionales y tenían el cuidado de protegerse las espaldas.

El próximo 16 de septiembre habrá cambio de gobierno, por primera vez una mujer tomará posesión como gobernadora del estado, bueno sería que se inclinara por una economía acorde con los tiempos y se atendieran sus ingentes carencias para sacar a Campeche de su marasmo. ¿Por qué digo esto?

Porque el campechano vive su realidad como algo consumado que no debe ser expuesto al cambio; el concepto nietzscheano de egipticismo es lo que mejor lo describe: una concepción estática, petrificada de la sociedad en la que toda alteración del estado de cosas es un peligro.

Un paréntesis antes de continuar: nací en Campeche, cuando hablo de él me gana más el corazón que la razón. Sólo pido comprensión a mis paisanos pues ignoro cuanta verdad pueden soportar sin que se sientan lastimados o heridos. Hace muchos años escribí un largo poema que revela mis sentimientos y que aquí resumo: “Peregrino en tierras extrañas/ mis recuerdos, sin nostalgia/ me llevan a ti ¡oh¡ Campeche/Hablo de ti en superlativo/ y callo lo impresentable…/pero te vivo en mi anhelo/de vivir tu paz, tu sereno sosiego/ te imagino un día grande y poderosa/ madre ubérrima”.

Continúo: durante siglos las murallas de la ciudad marcaron el rumbo de la ciudad y sus habitantes hasta convertirse en la identidad de lo campechano. El que viene de fuera es el enemigo, produce tirantez y zozobra, contra esa amenaza los campechanos se protegen tras sus murallas. Respuesta subjetiva que lleva a un amurallamiento interior. La tesis no es mía, pertenece al cronista de la ciudad José Manuel Alcocer Bernés, la expuso en un viejo suplemento de el Periódico local Tribuna. Escribe el autor del texto: “Para Campeche las murallas son lo real, es la identidad, es un momento de la historia…la historia es la maestra de la vida…crea conciencia de identidad, valores y moral que deben ser inexpugnables, capaces de resistir cualquier ataque porque los protege un muro indestructible: las murallas; monumentos pétreos, sólidos que integran al estado, son su memoria, su identidad y la verificación de tal memoria para la verdad. La educación debe reforzar la reproducción de tal memoria para su protección y su permanencia”.

¿Anquilosamiento, tradición doctrinaria, conservadurismo?  Todo eso y más. En Campeche se mira el mar como un límite no como un espacio abierto a las oportunidades que ofrece la pluralidad cultural; se prefiere lo estable, lo inamovible; este carácter se adquirió hipostasiando hábitos, tradiciones y costumbres; mitificando creencias que impermeabilizaban mentalmente contra la crítica y la autocrítica e hizo del pasado un ideal inmutable.

¿Qué hacer para desmitificar estas convicciones? ¿Cómo hacer ver a los campechanos tradicionalistas que esas convicciones producen servidumbre y que una vez instituidas por los hábitos hacen del individuo un representante de culturas atrasadas, poco inteligente, rebelde ante las nuevas enseñanzas, sospechando eternamente de todo y de todos, sin escrúpulos y empleando todos los medios para hacer prevalecer su opinión? La naturaleza de la civilización planetaria de hoy obliga a derribar este obstáculo so pena de continuar a la zaga de los tiempos. La justicia social también es enemiga de la convicción; pues consiste en separarse de todo lo que ciega y extravía el juicio. (Ver Nietzsche. Humano demasiado humano).

En Campeche es necesario construir una sociedad más abierta, rebasar los límites de los mercados locales, no especular con la propiedad urbana y rural, ampliar las vías de comunicación, en especial la marítima, pese al poco calado de las aguas del Golfo de Campeche.

Basta de arcaísmos históricos y sociales, de costumbrismos y moralismos atávicos y, con imaginación, conjugar tradición y modernidad para no ser anacrónicos.