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Cuando Diaz Ordaz fue presidente de México visitó los Estados Unidos y en San Diego dio una conferencia de prensa, donde una reportera de un periódico local le preguntó: Señor presidente, ¿Por qué permite usted que México sea el trampolín para que las drogas pasen a mi país? Diaz Ordaz le contestó: Señorita, ¿Ya pensó usted que si no hubiera alberca no habría trampolín?

En los casi 60 años transcurridos desde esa respuesta, parece que la reflexión no ha sido asimilada en los cerebros de las autoridades estadounidenses y desde entonces se empeñan por intentar destruir el trampolín sin pensar en lo que tendrían que hacer para lograr cancelar la alberca.

Los Estados Unidos son el país con más adictos en el planeta. De acuerdo con las estadísticas del Centro Nacional de Abuso de Drogas de ese país, en 2021 el 12% de los estadounidenses era adicto a alguna droga, con casi 40 millones de personas en esta situación. En ese año se registraron 105 fallecimientos por sobredosis, lo que representa un aumento del 62% con respecto a las que tuvieron lugar en 2019.

Se calcula que los cárteles mexicanos son los traficantes más activos de estupefacientes que ingresan a ese país y que a cambio reciben una cantidad de alrededor de 35 mil millones de dólares anuales por la venta de las drogas. Sin embargo, esas drogas entran a Estados Unidos y se distribuyen eficientemente a todos los rincones de su territorio prácticamente sin la intervención de los cárteles mexicanos.

Cuando llegan a Washington o Nueva York, el valor de las sustancias se ha multiplicado hasta por 5 veces de el que se paga por ellas a los traficantes mexicanos, por lo que el negocio anual que representan estas drogas en el mercado es de alrededor de 200 mil millones de dólares anuales; unos 4 billones de pesos mexicanos.

En su libro Los Narcos Gringos, el periodista Jesús Esquivel describe detalladamente la mecánica de preparación y distribución de las drogas que entran a los Estados Unidos. Las adquieren brokers que las almacenan generalmente en bodegas, que contratan mayormente a pandillas para empacarlas en su presentación final, distribuyélas en todo el país a través de sus representantes locales que son independientes, para hacerlas llegar a cada una de las ciudades; ellos no saben de qué cártel provienen las drogas ni les interesa saberlo, de hecho distribuyen sustancias que pueden proceder de varios cárteles al mismo tiempo.

A diferencia de lo que se pudiera pensar, no son personas de piel morena los que las distribuyen al menudeo, cobran, concentran y transportan el dinero de la venta. Son generalmente personas de piel blanca, ojos azules y ropa deportiva, amas de casa de clase media y gente con un perfil que no llame la atención de la policía.

Así las drogas llegan a 40 millones de adictos en territorio americano todos los días, mientras la DEA monta operativos para intentar desincentivar el tráfico desde el extranjero, sin ser capaz de cortar la eficiente y sofisticada cadena suministro que opera dentro de su territorio, a través de la que se genera 80% del dinero derivado del consumo de drogas en ese país, que además se lava directamente en los bancos estadounidenses.

Por todo esto resulta infantil que las autoridades de los Estados Unidos señalen como responsables de su mercado de drogas a otros países, cuando llevan 6 décadas demostrando su absoluta incapacidad de acabar con una industria ilegal de nivel nacional, prácticamente sin atender las causas del consumo que es el corazón que mantiene viva esta tragedia.

Como dijo el actor Johnny Depp a través de su personaje Jack Sparrow: “Llega un momento en que hay que asumir la responsabilidad por los errores cometidos”.

Por Erika