Joe Biden: genocidio políticamente correcto

Rodrigo Guillot

El bombardeo del ejército gringo a la alianza Siria-Irán solamente sorprendió a los ingenuos. Tampoco es sorpresa que los medios de comunicación y activistas de la llamada sociedad civil escondieron la noticia y no le dedicaron un análisis más meritorio. Este sector de la derecha, aglutinada en partidos políticos de oposición, medios de comunicación corporativos y grupos de pensamiento financiados por empresas privadas, brilló por su ausencia en la crítica al imperialismo de Joe Biden.

 

Desde la izquierda, al triunfo de Joe Biden muchos reaccionamos señalando que nada cambiaría realmente, por más que la derecha se esforzara en hacerlo ver como un triunfo del anti-obradorismo. Lo mismo que cuando algunos compañeros obradoristas creyeron necesario aplaudir a Trump, muchas voces congruentes señalaron lo incorrecto de tomar postura en los asuntos internos de algún otro país.

 

Cuando hablamos de Estados Unidos, hay que comprender que más que un estado democrático, analizamos un conjunto de empresas que orientan la toma de decisiones con el único objetivo de aumentar las ganancias, aunque para ello tienen que invadir países (con recursos petroleros, energéticos, naturales, minerales, hídricos). La máquina de guerra estadounidense tiene un nombre que le han puesto muchos académicos; el complejo militar industrial; la organización de un país alrededor de la búsqueda de ganancias en la producción, venta y uso de armas para expandir el poder.

 

El Partido Demócrata, lejos de representar una alternativa a Trump, es simplemente un ejecutor de la misma política exterior. Ayer, leí un tweet que comparaba los dichos de Amy Siskind, autodenominada activista, feminista y autora. El primero de los tweets se queja de  que Trump bombardea Siria, en 2017. En el segundo, el día del bombardeo de Biden, la misma persona festeja que el bombardeo no haya sido acompañado de tweets políticamente incorrectos. 

Suena a una caricatura grotesca, pero ese discurso es la realidad estadounidense; un partido lucha por masacrar pueblos en Medio Oriente en nombre de los hombres blancos y cristianos, mientras el otro prefiere que esas masacres sean hechas en nombre de la diversidad, las mujeres y la corrección política. Aunque el resultado sea el mismo; muerte de civiles para el enriquecimiento de una cámara empresarial, que no varía según el vaivén de los partidos políticos.

 

Desde México, la obligación del presidente es mantener relaciones cordiales -con la defensa de la soberanía como límite estratégico- con quien esté en la Casa Blanca. La diplomacia mexicana no busca hacer apuestas electorales o partidistas. En México contamos con un proyecto de nación que no depende de quién gane en otro país del mundo. Además, el vecino del norte está enfrentando una crisis económica, de salud pública y política que hace que cada vez su poder sea menos.

 

Esta crisis total mantiene muy ocupados a los políticos gringos como para invertir demasiada energía en intervenir en México. Las personas que festejaban a Biden como el fin de la 4T estaban equivocadas; la transición gringa no afectó al gobierno de López Obrador. 

 

Esta condición entreguista -junto a la adhesión al discurso del liberalismo multicultural, mal llamado “progre”- les hizo dejar de criticar el genocidio gringo bajo la administración de Joe Bide. O, en algunos casos, frivolizarlo. Como la periodista mexicana Gabriela Warketin, que dedicó el día de ayer a mandarle besos a todos los que le recordaban su apoyo abierto a un gobierno que prometía cambio y siguió ordenando el asesinato de seres humanos en otros países del mundo.