Crónica: Otra vez el Zócalo se vuelve una marea multicolor

Rodrigo Guillot

Flujos de gente que va en todas las direcciones. Caminan ordenados saliendo y entrando bajo el sol de las cuatro de la tarde, y la plaza así se queda, fluyendo.

Y pasan las personas todo el día, no paran de llegar desde Madero y por Pino Suárez. Si uno se acerca a la Alameda ve que también está repleta de gente que camina hacia el Zócalo de la Ciudad de México.

Sobre la plancha vibran las bocinas con canciones regionales y el sol combate a los congregados que peregrinan entre los cafés de las calles alrededor para regresar cuando caiga la noche. Uno ve disfraces, vestidos típicos, playeras, máscaras y letreros. Otra vez el Zócalo se vuelve una marea multicolor.

Durante varias horas no cabe un alma en tres cuartas partes de la plaza de la Constitución, que se está llenando y vaciando, a excepción de un cuadrante que parece estarse reservando para después. Desde la altura, las multitudes arrullan con su vaivén y aflora el recuerdo.

¿Cómo no recordar cuando estás en el Zócalo? Recordar las caras de la gente volteando a las pantallas y escuchando las palabras que Andrés le dirige a las bancadas de la mafia en 2005: “A ustedes y a mí nos juzgará la historia.” Y la gente aplaudía. Y la gente lloraba.

O la resistencia civil de la gente en 2006, tras el fraude: “¿Nos quedamos? Nos quedamos”. Y la gente se quedó. Y el Zócalo continuó siendo la plaza del pueblo de México. Durante esos meses de resistencia se volvió la casa literal del movimiento.

Y en todo el ocaso del periodo neoliberal – las presidencias de Calderón y Peña – también aquí se desahogaron las grandes manifestaciones populares. Vimos al Estado reprimir al pueblo, pero nunca al pueblo dejar de salir a las calles. Nunca dejamos de luchar.

El Zócalo nos siguió perteneciendo hasta hoy. Aunque intentaron apropiarse de él, aunque el 15 de septiembre lo llenaban de acarreados, sofocaban la protesta con altoparlantes y censuraban los reclamos populares en la edición de TV. Los Gritos sabían a engaño: eran montajes. Nos robaban la plaza y nos quitaban la fiesta.

Hoy la gente se ve contenta de verdad: grita consignas en cada momento de silencio, o corea las canciones que se escuchan el escenario. Sale el presidente y la gente no se pone de acuerdo: suenan tres o cuatro consignas paralelas. ¿Cómo se escuchará a la multitud desde el balcón? Andrés cambia el protocolo; reniega de la comitiva que al presidente en el corredor rumbo al balcón y decide caminar solamente con su esposa, a encarar a los mexicanos.

La lógica ya no es la misma: no se trata de llevar gente que legitime con su presencia un acto de frivolidad y lujo; hoy se trata de un presidente asistido por la gente que lo quiere y quiere verlo salir del balcón. Andrés Manuel regresa el cariño demostrando que se puede ejercer el poder sin ostentar lujos. Incluso cambió el brindis de honor por aguas frescas.

La gente responde a cada mención de Andrés Manuel con un “viva” que resuena por las paredes de los edificios. El coro de la multitud es un estruendo que se extingue rápidamente para escuchar de nuevo al presidente: “Viva el heroico pueblo de México”. “¡Viva!”. Y antes del siguiente grito presidencial, hay un pequeño momento de silencio en que, después de gritar, todo mundo escucha al coro extinguirse en el cielo hasta el siguiente viva.

La ceremonia conjunta a quienes están en la calle con quienes están en el balcón; el pueblo espera las palabras de López Obrador. Aunque nos habían negado dar un Grito de Independencia con un presidente legítimo ante la gente hoy el Zócalo se vuelve a retacar de gente libre. El Grito nos exorciza.

.Por eso el grito de esta noche tuvo un sabor diferente, cerró un ciclo. Por eso la multitud gritaba “Sí se pudo, sí se pudo”. Por fin, después de dos sexenios de abaratamiento, el festejo de la Independencia de México fue un ejercicio auténtico de orgullo nacional: el presidente de México nos representa.

La lucha de tantos años ha valido la pena y esta noche de fiesta le pertenece al pueblo de México; con el Zócalo, fiel a nuestra gente, como testigo histórico.