¿Cómo entienden los neoliberales el libre mercado?

Durante los 40 años que duró el neoliberalismo promovido desde los gobiernos corruptos de México, se nos engañó con el cuento de que el mercado tenía que regular al mercado. Que era la libre competencia la que determinaba los precios de los productos y servicios y de que este mecanismo mantendría el piso parejo para que todas las empresas tuvieran oportunidades de progresar y crecer en igualdad de circunstancias.

Pregonaron hasta el cansancio que el sistema neoliberal estaba diseñado para que se creara riqueza a partir del mérito individual. Sin embargo, como resultado de este mecanismo, lo que creció en forma descontrolada en el mundo fueron la pobreza, la deuda, la frustración laboral y la entrega de riquezas para concentrarlas en pocas manos.

Hoy el 1% de la población del mundo es dueña del 80% de los recursos y en México ese 1% concentra la misma cantidad de bienes y dinero que posee el 94% de la población, en un escenario resultante de absoluta desigualdad económica y social.

En los últimos 2 años y medio hemos tenido acceso a la información que nos explica por qué el resultado del sistema neoliberal, que tanto presumieron los egresados de las universidades más caras del mundo, ha sido desastroso en extremo para la mayoría de los habitantes del planeta.

Para empezar, el sistema está estructurado de tal manera que los gobiernos se deshacen del cumplimiento de sus obligaciones de administración en materia de educación, salud, seguridad, autosuficiencia energética y alimentaria, entregando concesiones y contratos de todo tipo a las corporaciones y los oligarcas, para que ellos saqueen las riquezas del país y administren a costos elevados los servicios que los ciudadanos deberían recibir en forma gratuita, por el simple hecho de estar pagando impuestos.

La libre competencia no existe en el neoliberalismo. Las empresas y oligarcas favorecidos por la corrupción de los gobiernos reciben todo tipo de ventajas ilegales, para mantener privilegios por encima de cualquier otro participante potencial en el mercado. Como si esto fuera poco, también recibieron la condonación en el pago de impuestos o la devolución de estos, si es que llegaban a cometer el error de pagarlos.

Hoy en México las reglas del juego han cambiado y aunque va a costar tiempo, trabajo y mucho esfuerzo en lograr que los privilegiados entren al aro, por lo menos ya pagan sus impuestos y tienen que pelear sus concesiones y privilegios empresariales mal habidos en los tribunales.

El mecanismo que está aplicando el gobierno actual es precisamente el que los neoliberales pregonaban sin practicar; la libre competencia y la regulación del mercado por el mercado, pero tiene una variante que implica piso parejo para todos los participantes del mercado, sin privilegios, prebendas o decisiones inclinadas a favor de unos cuantos favoritos del sistema.

Así vemos por ejemplo todos los lunes la información sobre los precios de los combustibles, que tiene por objeto informar al consumidor para que sea él quien decida donde comprar en función de los niveles de precios y servicios que ofrecen. Vemos también la decisión de instalar una empresa gasera del Estado, que entre al mercado a competir con precios justos para que mediante la competencia, se obligue a la mafia de gaseros abusivos a disminuir sus márgenes ingentes de ganancias que perjudican al consumidor.

Vemos a la CFE exigir su derecho de competir en igualdad de circunstancias con las corporaciones internacionales amafiadas, para exprimir a los usuarios del servicio eléctrico, como lo está haciendo en España Iberdrola, compradores de energía.

Y ahora sucede que todos estos defensores del discurso de la libre competencia en el pasado, están desesperados porque les están aplicando sus propias doctrinas económicas y pelean cómicamente en los tribunales, su propio derecho a continuar fastidiándoles la existencia a los consumidores y a conservar sus privilegios. Si no hubiéramos tenido que sufrir su voracidad en el pasado, su actitud desesperada sería muy divertida.

Como dijo el escritor británico Thomas Fuller: “La desesperación infunde valor al cobarde”.