El Movimiento de la 4T no tiene dueño absoluto. Es un error adjudicarse la titularidad del obradorismo. El Movimiento no es una empresa. La voz que vale es la del Pueblo.
Para algunos, el Movimiento de Transformación es una especie de empresa, donde hay accionistas mayoritarios, con amplio poder y saber; y bastante más abajo, un núcleo de militantes y simpatizantes, vistos como accionistas minoritarios, que deben acatar lo que desde las alturas se ordena.
Parece una ridiculez, pero así pasa y esto se hace más evidente, cuando existen puntos de opinión divergentes, sobre asuntos que se dan al interior del partido, al interior del gobierno, o al interior del Movimiento mismo. Las opiniones de unos cuantos, parecen pesar más que las de otros.
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En esos desencuentros, solo hace falta que el pequeño sector que asume un comportamiento de accionista preferente, se ponga de acuerdo, para que la maquinaria política y de comunicación repita y repita su opinión particular sobre el tema.
Se trata de avasallar, de imponer esa visión, haciendo uso del prestigio del cargo oficial, del puesto dentro del partido, o de una pretendida credibilidad en medios informativos y plataformas independientes, con inclinación hacia la izquierda.
Y también dentro de las benditas redes sociales. Los accionistas mayoritarios califican y descalifican severamente a quienes defienden posturas diferentes. No abren debate. Ni exponen una argumentación dialéctica.
Su verdad es así y punto. No requiere demostración. Y a veces, notándolo, o sin notarlo, llegan al extremo del dogmatismo más reprobable. Esto lo vimos en el caso de los “chapulines”, al estilo Sergio Mayer y otros.
Los accionistas mayoritarios del Movimiento los defendieron, a pesar de que, en el caso de Mayer, había un hecho de traición en el pasado reciente, que el sector menos privilegiado, no olvida.
Mayer y otros se quedaron, porque la voz oficial, la del sector “bíblico” del partido y la de los medios y redes afines, no pararon de repetir que la “sangre externa” resultaba necesaria para fortalecer al Movimiento y al mismo tiempo, evitaba caer en males degenerativos, propios de la endogamia.
Al final, Mayer abandona la diputación que le regalaron, para irse a la más rentable “Casa de los Famosos”.

En el caso de Marx Arriaga y su salida de la SEP, este grupo de pretendidos propietarios del Movimiento, asumieron la conducta de siempre. Lanzaron calumnias y desataron su guerra de descalificaciones en contra de Marx, acusándolo de ser un traidor a la causa. De ser un ambicioso vulgar. De ser un corrupto que vendía plazas a buen precio. Todo para proteger la posición del secretario de educación, Mario Delgado.
Porque para estos sectarios intolerantes, cualquier postura, decisión, o conducta oficial, debe ser defendida a muerte, aunque se encuentre cimentada en el error. Y si alguien señala ese error, el anatema cae de inmediato sobre este segundo infractor, que se atreve a defender al primero.
Lo que hacen estos dogmáticos, donde figuran los “moneros” de la izquierda “buena ondita” y personajes como Fabrizio Mejía, Pedro Miguel, Juan Becerra Acosta y varios más, es intentar imponer una narrativa donde hay un villano al que hay que desconocer y repudiar.
Según ellos, no se trata de un conflicto político, de un problema propio de la administración pública, o de visiones diferentes sobre una misma situación.
Los “buenos” serán siempre los integrantes del gobierno en turno. Los dirigentes de Morena. Los amigos “buena ondita”.
Los villanos son quienes piensan distinto y quienes respaldan esas posturas, o aquellos que comparten visiones que no van tan de la mano con quienes ostentan algún tipo de poder dentro del Movimiento. La campaña que despliegan en estos casos, es intensa. Cuentan con recursos y contactos suficientes.
Tienen partidarios en redes sociales, donde cuentas “gordas”, amplifican la difusión de su narrativa agresiva. Hay periodistas “nueva ola” de pretendida izquierda, que actúan en estos casos como duros golpeadores, muy parecidos a los de la derecha facha.
¿Qué intentan con estas campañas ?
Que ante la avalancha de respuestas violentas que generan en redes sociales, medios alternos y canales oficiales, las voces disidentes se autocensuren.
Que siendo tan amplia su postura intransigente, se imponga la narrativa que a ellos les interesa establecer como “verdad única”. Intentan cerrar, o impedir cualquier debate. Desean imponerse por la fuerza. Generar miedo en quienes piensan distinto, para que opten por el silencio, ante un ataque anunciado que les espera en redes sociales, o en los espacios de comentarios de cualquier plataforma.
Lo malo para ellos es que ya no son bien vistos por un amplio sector del Movimiento, porque generalmente terminan haciendo el ridículo.
Ya no engañan. Después de su campaña para justificar la candidatura de Sergio Mayer, éste demuestra que su interés en la “farándula”, es superior a su compromiso como representante del pueblo y pide licencia al cargo, precisamente en el momento en que está por discutirse la Reforma Electoral. Una vergüenza lo que hicieron al defenderlo y más vergonzoso aún, el pago que reciben.
En la conferencia mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum hace un amplio reconocimiento al trabajo realizado por Marx Arriaga, en la construcción de la plataforma de La Nueva Escuela Mexicana y en el diseño de los Nuevos Libros de Texto.

Señala que se trata de un funcionario de primer nivel. Lo pone como ejemplo del profesional especializado, con doctorado y obra importante reconocida. Descalifica todas las falsas acusaciones en su contra y lo califica, al final, como “un hombre honrado”.
¿Cómo quedan estos pretendidos accionistas mayoritarios, después de esto?
Vapuleados. En ridículo. Sin credibilidad. Todo el lodo que lanzaron se les revierte. Y demuestra también que su aporte al Movimiento es pobre. Si no es que restan. Porque en los momentos definitorios, nos muestran un rostro autoritario, dogmático y sectario. No son dueños del Movimiento, como piensan serlo.
El ladrillo en el que se suben es tan pequeño, que al finalizar sus maromas, terminan en el suelo. Dentro del Movimiento no hay clasismo. Nadie es más que otro. Ninguna opinión está por encima de cualquier otra.
Pretender la autocensura es estúpido, porque en este momento pocos hacen caso a un grupo que tiene el pañuelo siempre dispuesto, para limpiar la bota de quien está al frente de cualquier gobierno. Pocos creen en quienes en lugar de debatir, ofenden.
El Movimiento no es una empresa, con un consejo directivo al frente y empleados secundarios en distintas áreas. La voz que vale es la del Pueblo. Porque solo el Pueblo salva al Pueblo y el Pueblo es quien pone y también quita. El Pueblo es la única fuerza motora y rectora del Movimiento. No hay más.
Malthus Gamba
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