La cruda realidad de Calderón

Por: @DavidVargasA18
Todavía no hemos perdido el registro, lo que perdimos nada más fue el rumbo. Todavía podemos enderezarnos. Lo malo es que nacimos torcidos y no hay remedio para eso.
Silencio.

Fue toda una angustia el día de ayer y madrugada de hoy para la familia Calderón Zavala. Ahí estaban en la sala viendo en su enorme pantalla de metro y medio, la reunión del TEPJF. Ahí en la mesita de centro estaban los tres teléfonos que usa Calderón. Uno es para todos, otro para la familia y el otro es su teléfono rojo.

El de la familia estaba abierto con las llamadas con su sobrino Juan Ignacio Zavala junior.

Este sobrino que trabaja en la coordinación de asesores de Reyes Rodríguez Mondragón quién votó a favor de México Libre, con el argumento de Margarita Zavala.

El junior insistía a su tío que México Libre no iba a pasar. Calderón insistía que le pasara otro magistrada y magistrado, pero nadie le respondía. El Junior no sabía qué hacer, marcaba y los teléfonos los mandaban a buzón.

Se quedó ahí viendo la resolución, sin saber que ya su poder está perdido en esa oscuridad de la corrupción, ahí donde el silencio te acompaña y la soledad se aparta de ti. Calderón y Margarita no se veían, cada quien con su mirada hacia la nada. En ese abismo donde la caída duele y ese dolor permanece para toda la vida.

En la mesa de centro, viendo de manera fija a la televisión grandísima, que justo es la medida de su pequeñez. Ahí en esa mesa, con dos botellas de Ron Habana y otra ya empezada. Entre copa y copa, murmurando Calderón: vamos a ganar, la victoria será nuestra. Margarita como siempre no lo ve. Ya sabe que con el alcohol es su estado normal, y le da por hablar solo.

De repente se para Calderón, y se va hacia el baño, y regresa y se mete a su estudio, y saca la ley del TEPJF, se lo lleva cargando con sus dos pequeñas manos y se sienta hacía en el sillón de la sala. Empieza a darle vuelta a las hojas, pero sin leer nada. Deja el libro y toma su copa de ron y se sirve otra. Agarra el libro de nuevo y se lo pone en sus piernas, que se movían de los nervios. Ahí su pequeña mano lo tenía extendida en el libro, como si estuviera jurando el cumplir con la constitución cuando fue aquel presidente espurio. Su mano con sus dedos pequeños, sentía que el poder lo tenía de nuevo y pensaba que solo así los magistradas y magistradas podrían cambiar su opinión.

Las copas a cada rato quedaban vacías y se llenaban de inmediato. el teléfono de todos ya no sonaba, el teléfono del Junior tampoco. De repente suena el teléfono rojo. Era Soledad (así es la clave que tiene con Sinaloa) le dijo: “Dice su compadre que no te preocupes, que él está contigo y que toda la empresa te respalda. Que el dinero va y viene. Y un día de estos puedan platicar”. Calderón le respondió: “Dígale a mi compadre que gracias por su apoyo y yo sé que la empresa nunca me deja. Y yo nunca dejaré a la empresa. Aquí seguimos y nada nos detiene. Y dígale que sí es necesario platicar para ver que hacemos”.

Margarita se fue a su recamara, ya casi a al 1 de la mañana, entre las lágrimas, no decía nada, se acostó así vestida. Cerró la puerta y sólo se escucha el llanto fuerte que soltaba su voz, su garganta, sus palabras. Era tan fuerte su llanto como si le estuviera llorando a un difunto o difunta en un panteón.

Calderón siguió viendo la televisión grande, ya sabiendo que el registro no pasó. La bebida no paraba. La televisión empezó a ofrecer sartenes que no se doblan. Ofrecía también la televisión fajas reductivas y pastillas como reducir el colesterol, como prevenir el infarto, como terminar con el estrés y como dormir bien. Calderón hablaba: “Es una arbitrariedad, es el autoritarismo, esto es la antidemocracia. Es un Fraude”

Durmiendo ya Margarita de tanto desgaste mental de más de 24 horas. Calderón seguía tomando y viendo nada. Su ojo se hacía pequeño y grande. Sus manos se movían como si hablara con alguien, sus pequeñas piernas temblaban, su boca se abría y se cerraban, pero solo salía silencio y esa hediondez de un alcohólico. Ahí desparramado estaba el pequeño Calderón en el sillón. Con la copa vacía tirada a un lado.

El libro de ley del TEPJF abierto, en la página donde se prohíbe el financiamiento ilegal y las asambleas falsas. Y en su mano derecha su teléfono rojo, ese que no le ayudó ahora, porque no alcanzó el registro. Pero ahí sostenía ese teléfono que le da un poco de oxígeno, en esa agonía que ya nadie lo detiene. Así está hoy Calderón, en su cruda realidad. México Libre No Fue.

David Vargas Araujo.
Luchador social toda mi vida. Expreso político, encarcelado injustamente en el Penal de Máxima Seguridad de Puente Grande, Jalisco. Actualmente, asesor en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Afortunadamente, fui uno de los primeros presos liberados por el Presidente Andrés Manuel López Obrador.

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