Las comedias de Chespirito funcionaron como un medio de control ideológico para contener los movimientos marxistas y sociales.
Durante décadas, la comedia de Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”, formó parte del imaginario colectivo de millones de hogares en México y América Latina. Su llegada a la televisión se dio en plena consolidación del monopolio mediático de Televisa y en el contexto de una de las etapas más represivas del PRI, el partido hegemónico en México hasta el año 2000.
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Los gobiernos de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría utilizaron la censura, la propaganda y la represión abierta para frenar cualquier tipo de disidencia. Mientras ocurrían hechos como la Masacre de Tlatelolco (1968) y El Halconazo (1971), la televisión consolidaba una narrativa de orden, armonía y humor. En este ecosistema, la comedia blanca de Chespirito, sin referencias políticas ni críticas sociales, encajaba perfectamente como anestesia social.

Chespirito ayudó a moldear una dictadura perfecta
La televisión mexicana bajo el mando de Emilio Azcárraga Milmo, “El Tigre”, no era un actor neutral. “Soy un soldado del PRI”, declaró sin rodeos, dejando claro que la función de su televisora no era informar, sino acompañar y justificar el poder político. En esa línea, los contenidos cómicos, dramáticos y noticiosos sirvieron para construir un país televisado que omitía sus fracturas más profundas. La risa, como instrumento, era funcional al régimen.

Por lo anterior, la comedia de Chespirito evitaba cualquier conflicto estructural. En El Chavo del 8, los personajes habitan una vecindad pobre pero feliz, donde la pobreza no es problema, sino identidad. Nadie sueña con salir de allí, ni siquiera lo plantea. No hay aspiraciones de movilidad social, solo conflictos vecinales resueltos entre cachetadas, jalones de orejas o pasteles en la cara. El conflicto estructural desaparece, y lo que queda es una comedia sin consecuencias.
Dicho modelo fue crucial en una época donde la disidencia era silenciada, exiliada o desaparecida. El humor físico, simple y sin contexto, se convirtió en el opio ideal: accesible, tierno y predecible. Chespirito no sólo entretenía, sino que neutralizaba el descontento. Su comedia representaba un universo sin política, sin injusticias y sin historia. En plena Guerra Fría, eso no era poca cosa.

Televisa “exportó” la dictadura de Chespirito por toda AL
Emilio Azcárraga Milmo no sólo pensó en la audiencia mexicana. Visualizó un imperio cultural. Si una vecindad sin aspiraciones funcionaba en México, también podía funcionar en Brasil, Chile o Argentina. Y así fue. El Chavo del 8 fue doblado, reemitido y repetido hasta el cansancio en canales públicos y privados de todo el continente, muchas veces en regímenes autoritarios que compartían un interés común: el control ideológico.
En dictaduras como las de Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla o la Junta Militar brasileña, el humor de Chespirito era recibido con entusiasmo. No representaba amenaza alguna para el orden. A diferencia de los artistas exiliados, perseguidos o censurados, los personajes del Chavo eran bienvenidos. Reforzaban la idea de que el pobre debe conformarse, que el caos es chistoso y que lo más importante es reír sin cuestionar.

Pero no fue sólo el humor. Televisa también exportó sus telenovelas: narrativas melodramáticas fundadas en el arquetipo de la “Cenicienta pobre” que es rescatada por el “Príncipe rico”. Dramas donde la pobreza era escenario, no problema; donde el ascenso social dependía del destino, no del esfuerzo o la justicia. En estos relatos no había revolución ni cambio, sólo resignación.

En ese sentido, Chespirito y las telenovelas compartían el mismo mensaje subyacente: no se puede cambiar el mundo, pero sí sobrevivirlo. Y hacerlo con una sonrisa. Era una pedagogía emocional de la estabilidad, útil tanto para el PRI como para cualquier dictadura.
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