Yo ciudadano, un ser inmaculado

Por: @danielmterres

Los gobernantes de la antigua Roma ofrecían al pueblo pan y circo. El Coliseo romano –por antonomasia la referencia de las exhibiciones más sangrientas– aún está de pie. El pueblo era reducido a una caterva de almas con dos necesidades: comer y entretenerse. Nerón –por citar un ejemplo– hizo pelear a un ejército de pretorianos contra 400 osos y 300 leones.

La comercializadora Amazon Prime Video estrenó el día viernes Pan y circo una idea original de Diego Luna cuyo formato es entrelazar un foro de debate con la gastronomía. ¿El propósito? Generar un diálogo pautado obedeciendo los tres tiempos que determina una comida.

Para los griegos, pensar significaba dialogar. Sócrates lo hacía con sus discípulos, lo que sabemos de él proviene de los diálogos que sostuvo con Platón, quien tiempo después se encargaría de darlos a conocer. Sin embargo, Diego Luna ha decidido mantener una postura –bastante caminada y rentable, pero errática, por decir lo menos–, en la que puerilmente encuentra inmaculación: “Yo ciudadano”.

Guillem Compte Nunes –profesor posdoctorante en Humanidades por la UNAM– menciona que en cualquier momento puede nacer la rebelión en una persona como respuesta necesaria ante la evidencia de opresión de que otra persona es víctima, o sea esta como una vivencia personal que se juzga intolerable e injustificable. Una rebelión, asevera Compte, no es una identificación psicológica, no es un sentimiento movido por una comunidad de interés. Es decir: una rebelión no lo es tal cuando lo que en realidad subyace es una serie de intereses personales sumados a un desinterés por comprender entornos y procesos en su conjunto. Desde la comodidad inmaculada del Yo ciudadano, el también director Diego Luna, –obtusamente atado, además, a una serie de prejuicios–, ha decidido perennemente permanecer como un supuesto rebelde olvidando así lo que el propio Albert Camus asume: la rebeldía siempre como ese momento inicial que contiene en su propio surgimiento la necesidad de su propia caducidad. Vivir –literalmente vivir: cobrar por ello– de la crítica del presente sin un deseo de cambio y una trasformación a futuro, es la postura menos comprometida frente a la realidad política del país.

Yo ciudadano: postura cerril y torpe en la que se cree que se está lejos del Estado como unidad política organizada. Yo ciudadano pero no como parte de la ciudadanía en quien recae la democracia y la posibilidad de distribución del poder instaurado: juntos pero no revueltos. Yo ciudadano: ser inmaculado –¿acaso también superiormente moral?– capaz de discutir lo político sin asumir una postura política como propósito público. Yo ciudadano: quien decide no darse por enterado que la política habría nacido para hacerle frente a lo antipolítico. Pues justamente en la evasión de la existencia de un Estado –continuando con palabras del profesor Compte– se produce un distanciamiento entre el ciudadano y el sistema político que de hecho supone una aceptación implícita del statu quo político.

Yo ciudadano: el encargado de solo desincentivar la participación electoral, pero no las otras formas de ser un animal político: vender un programa televisio para hablar de política. Yo ciudadano: persona que carece de coherencia interna.

Pan y circo es un programa televisivo que profundiza en el imaginario colectivo la idea de fijar la actividad política en el Estado. Incluso, el Yo ciudadano inmaculado rechaza que el término política designe y pueda estar fuera de donde le corresponde: partidos políticos y funcionarios públicos.

Frente a Diego Luna, –un hombre cuyo poder mediático tiene alcances considerables– los macroprocesos sociales no tienen correlación con el Leviatán de Hobbes: “La pandemia vino a restregarnos la desigualdad”, nos dice el hombre asiduo a Rosetta, un restaurante donde se puede comprar un chocolate por 185 pesos: costo que representa íntegramente un salario mínimo actual.

El discurso del actor mexicano no es una respuesta, es, en todo caso, parte del golpeteo político de la reacción: una comunidad panfletaria desde la que se vende una idealización de la política desde abajo y al margen de las instituciones políticas. Desde el Yo ciudadano, un ser inmaculado aparece la posibilidad de agencia: instrumentar causas legítimas de lucha y problemas concretos de violencia frente a una cámara para generar una narración que construya un contrapúblico del Gobierno.

Compararnos con otros países, con otras economías –o incluso con otras décadas– es un método efectista para apelar a nuestra frustración, a nuestra impotencia, a nuestra inconformidad, pero sobre todo es un método que apela al enojo y al miedo propios. Homogeneizar nuestras circunstancias permite que dejemos de comprender la realidad. Y ante la incomprensión –es decir: la razón ya no me es suficiente– utilizamos nuestras emociones. Sentir es inmediato. Pensar es un proceso.

El Yo ciudadano tiene muy claros sus grados de implicación discursiva: son seres que se asumen objetivamente críticos y neutrales.

Un estómago vacío es un mal consejero, peor lo es un Yo ciudadano inmaculado.

Daniel Miranda Terrés. Asesor político. Escritor. Autor de los libros: Pan: el dios del miedo (Ediciones Simiente. Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura 2015); Anatomía del fracaso (Mantis Editores. Premio Nacional de Poesía Bartolomé Delgado de León 2015); El libro de la enfermedad (Ediciones Cuadrivio. Premio Internacional de Poesía Ramón Iván Suárez Caamal 2016). Un hombre lleno de incertidumbres y trastes sucios (Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2019). Actualmente es becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes FONCA, Jóvenes Creadores, en la especialidad de Poesía.

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