Síndrome de Al Capone

Quizás todavía existan por ahí, admiradores de la saga de “El Padrino” (The Godfather) y de la extraordinaria novela de Mario Puzo en la que estaba inspirada. Para los que no la conocen, se trata del ascenso en el crimen organizado (“la mafia”) de un inmigrante italiano en Estados Unidos, hasta volverse la cabeza y patriarca de un imperio financiero y criminal. Al margen de que esta obra estuvo inspirada en una familia real y de situaciones más o menos verídicas, el personaje central era, por decir lo menos, polémico. Un sujeto carismático, sin piedad y buen negociador, Vito Corleone, que tal era el nombre del personaje, era astuto y codicioso.
Quizás, uno de los rasgos más interesantes del libro y la película, era el logro de hacerlo simpático al espectador. Admirable. Pero no solamente para el espectador; los personajes que lo rodean, si bien lo temen, la realidad es que lo aman. Ello se debe a que parientes, amigos y vecinos, en ese orden, reciben dones y dádivas de él a manos llenas. Después vienen los socios, pero esos, a veces son confiables y duraderos, y a veces no.
Estos rasgos lo asemejaban mucho a Al Capone, un mafioso real a quien muchos quisieron ver retratado en Corleone, aunque el autor, sin negar ciertos rasgos característicos, lo negaba, pues sus modelos eran de otras familias.
Es muy notable cómo funcionan las lealtades, vocablo que abordaré con mayor extensión más adelante. La gente que rodeaba a Capone, o a Corleone, omitían juzgar el origen de los recursos con los que el capo los regalaba, la forma en que tales riquezas eran obtenidas. Ellos estaban llenos de gratitud, admiración…y lealtad al patriarca. En cada ocasión, buscaban besar su mano, los ojos arrasados en lágrimas de reconocimiento. No es muy difícil entender esto. Y, mientras más desgraciado y marginado el que recibe el regalo, mayor es su agradecimiento.
No solo ocurrió en la ficción con Corleone, sino en la cruda realidad con Capone. Y muchos nombres se suman ahí; el Chapo Guzmán, Pablo Escobar, Fidel Velázquez, Elba Esther Gordillo, etc. Noto que, con frecuencia, mis nietecitos quedan sorprendidos con la cantidad de tuiteros que pueden apoyar abiertamente a la peor clase de criminales que han infestado esta nación. La clase de personas que hacen que uno recuerde las líneas del himno nacional y quiera verlos juzgados y pagando sus delitos. ¿Cómo puede haber alguien tan sin corazón, que no le importe el sufrimiento de millones de personas reducidas a la miseria, pese a trabajar dos, tres, diez veces más de lo que trabajan esos infames que dicen que “la riqueza es fruto del esfuerzo”? ¿Cómo conciliar el sueño con la cantidad de muertos, huérfanos, raptadas, violadas, vendidas que ha dejado la acción de esos infelices?
Bueno, es el Síndrome de Al Capone: Mientras a MÍ me haya ido bien, me importa un pepino de dónde provenga lo recibido, yo le soy leal al criminal.
Y es que las virtudes no son tan compatibles como imaginamos. Un ejemplo claro son La Verdad y La Lealtad. Observen con detenimiento cómo, alguien que sea cien por ciento leal, va a tener que sacrificar un tanto de verdad en muchas situaciones; y alguien cien por ciento veraz, se verá orillado a comprometer sus lealtades en ciertas circunstancias.
Es así cómo, una minoría de favorecidos, se muestran leales a los criminales que han mentido y traicionado a la patria, porque los defectos se llevan muy bien unos con otros, a diferencia de las virtudes, son haraganes y nunca lidian con dilemas éticos.
Por supuesto, su cantaleta favorita es que el gobierno progresista reparte dádivas, pero eso es un despropósito; ni son malhabidas, ni es el gobernante el que da los apoyos, sino todos nosotros, lealmente con nuestros hermanos connacionales, con el trabajo de todos, a través del gobierno que nos representa. Lo que era botín, ahora es siembra de un futuro más justo.
Es obligación de nuestros gobernantes conducirse con la verdad, ello, aunque algunas lealtades deban romperse al caer en dilemas éticos, es por ello que ahora vemos renuncias frente a la duda, porque hay, por fin, un parámetro moral y ético. Gente muy valiosa (y algunos vivales) han ejemplificado que, con un gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, no se juega a las lealtades personales. Que los restos del conservadurismo sigan con su síndrome de Al Capone, que besen la mano de los que los enriquecieron delinquiendo mientras dejaban en la miseria a una mayoría. Nosotros no, nosotros estamos construyendo una nación decente.
©HéctorAtarrabia2019
@HectorAtarrabia

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