OEA decepcionante; bienvenida la CELAC

Por: Ricardo V. Santes-Álvarez
@RicSantes

Hace poco más de siete décadas en la comunidad internacional se generó un proyecto político, social, pero sobre todo económico, para hacer valer directivas y visiones del mundo del equipo triunfante de la segunda post-guerra, con Estados Unidos a la vanguardia. La apuesta fue que los esquemas de gobernación de los países marchasen conforme a esas directrices. A la luz de la idea emergieron varias instancias para darle cauce, como la Organización de Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

En nuestro continente, una estructura ad hoc adquirió especial relevancia: la Organización de Estados Americanos (OEA). Si bien cuenta con antecedentes que le remontan al sistema interamericano del siglo XIX, la OEA surge como tal en 1948 bajo el sustento de una Carta que estipula su razón de ser: lograr un orden de paz y justicia, fomentar la solidaridad, robustecer la colaboración y defender la soberanía, la integridad territorial y la independencia de los miembros. Desde entonces, se contempló como la principal arena de la discusión política y la diplomacia.

Luego de una mitad de siglo XX y dos décadas del XXI, la OEA se ha mostrado limitada, y en ello la influencia de Estados Unidos ha sido central, pues ha marcado su curso; no es un mero simbolismo que la oficina principal se ubique en Washington, D.C. Su papel gris queda evidenciado en situaciones consideradas como desafíos a la potencia. Sirve recordar un lance ocurrido en 1961, cuando el presidente John F. Kennedy impulsó la Alianza para el Progreso; la definió como un vasto esfuerzo cooperativo, “sin paralelo en magnitud y nobleza de propósito, para satisfacer las necesidades básicas de la gente americana de techo, trabajo, tierra, salud y escuela”. Destacó la propuesta de un programa de 10 años de progreso democrático, de planeación del desarrollo desde adentro, de integración económica, de un programa de emergencia de alimentos-por-paz, y de un fondo de 500 millones de dólares como primer paso para ayudar a los países del área. En la reunión en Punta del Este, Uruguay, la mayoría abrazó la iniciativa; empero, no dejó duda sobre la soberbia del imperio. Bajo el argumento del combate al comunismo, Estados Unidos restringió el acceso de República Dominicana y Cuba a la nueva sociedad, argumentando que ésta sería exitosa solamente donde hubiera libertad política. Kennedy manifestaría posteriormente:

“Quiero expresar nuestro agradecimiento [a la delegación a Uruguay] Creemos decididamente en el sistema estadounidense, y mi fuerte convicción es que como resultado de este encuentro [y] los esfuerzos de la delegación, este sistema ha sido fortalecido—y creo que el comunismo ha sido aislado [y que] el hemisferio puede moverse hacia el progreso”.

A la muerte de Kennedy, en 1963, el ánimo de mejora en América tendría que esperar; aunque la función de la OEA quedó definida: un instrumento de control del Norte, sin compromiso de velar por los intereses de sus miembros; la conducta del secretario Almagro de cara a acontecimientos recientes en Bolivia, Chile o Colombia, da cuenta de la triste decepción. En breve, ha habido camino mal recorrido y hay mucho por recorrer… o ¿acaso no deba recorrerse porque en tanto el Sur sea funcional al Norte no hay razones para el cambio?

En todo caso algunos opinan que las cosas son como son porque la creación de una esfera de influencia estadounidense en la región no fue simplemente resultado de su poderío: la hegemonía se basó tanto en coerción como en consenso; es decir, junto con la capacidad de Washington para imponerse en América Latina hubo también voluntad en los gobiernos de someterse. En México, con pena se recuerdan las corruptas y cortesanas administraciones del prianato, desde Salinas de Gortari hasta Peña Nieto.

Con todo, los países del continente han mantenido esperanzas de un mañana mejor, de una realidad menos incierta, con referentes internacionales que orienten mejores formas de convivencia, respeto y apoyo mutuo. La Comunidad de Estados Latino Americanos y del Caribe (CELAC) parece ser la respuesta.

La VI reunión del organismo, realizada hace un par de días en la Ciudad de México revela coincidencia en la mayoría de asistentes que el futuro anhelado puede lograrse; el canciller Marcelo Ebrard afirmó que no debemos esperar a que otros hagan lo que nosotros mismos no estemos dispuestos a conseguir. Bajo la presidencia pro tempore de México, la CELAC renace con energías renovadas. Y si a ello se agrega la magnífica disposición del gobierno de China y la Unión Europea por sumarse al proyecto, amén de los buenos deseos del secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, el futuro se ve promisorio.

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