“No sabe que no sabe”

Por: Melvin Cantarell Gamboa

Ningún pueblo en la Historia mostró mayor admiración y respeto por los sabios como los antiguos griegos. En tiempos de Tales de Mileto unos pescadores encontraron en el mar un trípode de oro y discutieron largamente qué hacer con él; al no llegar a un acuerdo para dar fin a la controversia lo llevaron a Delfos para que el oráculo decidiera su destino. La pitonisa del templo dio la siguiente respuesta: “Dadlo a quien fuera el primero de los sabios”. Así se lo entregaron a Tales quien lo rechazó no sintiéndose merecedor y lo envió a otro sabio; éste a otro y así hasta que paró en manos de Solón de Atenas, quien dijo: “Dios es el primer sabio” y el trípode terminó en el templo de Delfos dedicado al dios Apolo. (Diógenes Laercio, Vida y obra de los filósofos más ilustres).

Siglo y medio más tarde, Querefonte preguntó al oráculo quién era el hombre más sabio; la pitonisa respondió: “Sócrates es el más sabio”. Éste al enterarse de las palabras de la sacerdotisa se dio a la tarea de investigar la verdad, pues él se paseaba por las calles de Atenas haciendo preguntas porque decía no saber nada. A partir de ese día visitó a todos aquellos que pasaban por sabios, entre otros a un político, a poetas y artesanos. Lo que escuchó le condujo al siguiente hallazgo: “Yo soy más sabio que estos hombres, es posible que ninguno sepamos cosa que valga la pena; pero ellos creen saber lo que no saben, mientras que yo, así como no sé nada, tampoco creo saberlo. En mi investigación relativa a las palabras del dios encontré que los que gozaban de mayor renombre no andan lejos de ser los más faltos de sabiduría” (Platón. En defensa de Sócrates. Obras completas. Aguilar). Pero Sócrates se equivocaba, pues quien sabe que no sabe ya sabe algo.

Lo anterior viene a cuento porque en una de las “mañaneras” de hace apenas unos días, el presidente López Obrador, aseguró que todos estamos llevando a cabo la transformación sin violencia, que si Aguilar Camín dice que esta tonto, o Enrique Krauze le inventa frases en un acto de deshonestidad intelectual, o Zaid dice que él “no sabe que no sabe”, “pues no pasa nada”.
Ahora bien, quien quiera juzgar a otro por su saber, tiene que ser prudente con su propia sabiduría, en ésta importa lo que afirma la existencia sobre lo meramente pensado, característico del hombre teórico. Los que se mueven en la sola abstracción no son sabios, aunque crean serlo.

De antemano conocemos que Enrique y Héctor se mueven sólo en defensa de sus nada ocultos intereses, sin embargo, en esta ocasión recurren a un juego de conceptos supuestamente ingeniosos para arremeter contra AMLO, al estilo de los “artistas de la razón” como les llama Kant.

Pese a estos antecedentes vamos a jugar su juego ¿Quién puede saber lo que el otro no sabe y cómo sabe que no sabe? Sólo aquel que cree que lo sabe todo. Para los dioses griegos quien ostentara tal pretensión sería fulminado con un rayo pues habría sido envenenado con la desmesura, esa Hybris, como ellos le llamaban, que se apodera de aquellos hombres orgullosos y petulantes que exageran por encima de toda medida sus capacidades especulativas, para mostrar como válido sólo lo que sale de sus cabezas, ignorando que de ellas solo pueden surgir verdades subjetivas, especulaciones inspiradas en prejuicios, creencias e ideologías.

Enrique y Héctor tienen todo el derecho de imaginar lo que quieran y como buenos metafísicos construir una realidad a su antojo. Lo que no puede permitírseles es humillar o anular al contrario (“no sabe que no sabe”), cuando lo que no saben es que en la política moderna “gobernar es un arte estocástico, un arte de conjetura” (M. Foucoult. La hermenéutica del sujeto. FCE.2002). La política es estocástica cuando el gobernante en lugar de extraer de textos de teoría política respuestas a problemas reales, conjetura y hace su cálculo de probabilidades tomando por base experiencias vividas para producir algo verosímil que le permita tomar decisiones. Una conjetura es afortunada si resulta exitosa e hizo posible la solución de un problema o su eliminación momentánea, es decir, son los problemas los que determinan el rango con que son seleccionados los ejercicios gubernamentales.

Esta característica de la política moderna hizo posible que hombres sencillos, como Lech Walesa, soldador, gobernara Polonia; Lula I. da Silva, obrero metalúrgico de origen humilde lo hiciera en Brasil; José Mujica militante popular y guerrillero que no terminó el bachillerato, gobernara Uruguay; Evo Morales, indígena sindicalista hiciera de Bolivia cuando fue presidente, el país de América Latina con mayor crecimiento durante varios años y el que alcanzó mayores avances en el combate a la pobreza.

¿Qué hicieron de notable? No fueron a ninguna famosa universidad extranjera o nacional, no; abordaron lo real al margen de cualquier a priori construido a partir de ideas, conceptos e ideologías para colocar la vida por encima de todo proyecto elaborado detrás de un escritorio; sólo así se puede intentar construir un mundo sin excluidos con igualdad de oportunidades para todos.

Andrés Manuel López Obrador, antes de llegar a la presidencia visitó la casi totalidad de los 2457 municipios del país y recorrió más de 140 mil kilómetros, palpó y vio de frente la vida de los mexicanos: pobreza, abandono, desempleo, ingresos insuficientes y desigualdad; fue ahí donde calculó la enorme deuda que los sucesivos gobiernos de México tienen con los mexicanos; si de todo eso no aprendió nada, aun así, necesariamente sabe algo, quienes lo acusan de no saber lo que no sabe, podrán tener muchos conocimientos pero no son hombres sabios, sino estultos completos que concentran en sí, en espantosa unidad, odio y todo lo nocivo, venenoso, difamador del petulante que cree saber lo que no sabe. ¿Quiénes son, entonces, los pendejos?

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