La palabra “Fifí” llegó para quedarse y es gracias a AMLO

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Enmohecida por una larga temporada, la expresión fifí es una de las que volvieron para quedarse.

Mago del uso político de las palabras, ha sido Andrés Manuel López Obrador el que catapultó lo fifí a la conversación nacional.

Por lo menos durante los últimos 100 días de nuevo gobierno, la hemos usado para ridiculizar o para denostar porque lo fifí es el agente extraño.

Asociado al privilegio y a lo fresa, la condición de fifí es ante todo una condición de clase. Extranjerizante, cosmopolita ramplona, apátrida, de tez blanquita, de élite sin empatía, entreguista y antipopular.

Como dice el clásico, antes muerto que fifí. El uso público de la crítica suele incorporar dicha expresión para adornarse. “Yo no me compraría esos zapatos fifí”, dice el que bien sabe, el buen conocedor. Dentro de la fauna política reinante, es raro verdaderamente encontrarse con los “amlovers fifí” o, dicho en términos científicos, los de izquierda caviar.
Pero no siempre hubo ese uso. En su artículo “Catrines y fifís en tiempos de cambio” (Mx Político, 10 de noviembre de 2018), Gibrán Ramírez Reyes -“enfant terrible”- de Televisa rastrea la de catrín como la variante de fifí durante la época de la Revolución Mexicana.

En su estudio de la sátira chicana, empero, Guillermo E. Hernández documenta algo más interesante y curioso (La sátira chicana, Siglo XXI, 1993). Es propio de los mundos populares la distorsión y la parodia, el híbrido cultural y la exageración. Los mundos populares, en suma, vinculados a lo anticonvencional. De este modo, una larga serie de expresiones como las de “pisaverdes”, “currutacos”, “mequetrefes”, “dandys”, “petimetres”, “rotos”, “lagartijos”, fueron sinónimos de fifí en México durante todo el siglo XIX y principios del XX.

La de “pachuco” o “pocho” fueron variantes de lo fifí en la cultura chicana y la de jellybeans para el caso de los Estados Unidos. La base de este amplio espectro de sinónimos no es política sino cultural, porque la figura del fifí denostaba un amplio interés en la moda del vestir, exagerada o “antinatural”, y la forma de bailar. Los fifís de antaño, en suma, eran elegantes cómicos pero pobres; además, no representaban una amenaza real a las normas establecidas. El lenguaje está vivo. Se estira, se mueve, da giros.

El regreso de la palabra fifí, su uso político en el combate y en la sátira de nuestros días, es una muestra más de la efervescencia del cambio de época.

Fernando Beltrán Nieves
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