La oposición y el discurso de odio

Por: Melvin Cantarell Gamboa

La neurociencia define el odio como una pasión que conduce a perpetrar acciones malvadas. Benito Spinoza, el filósofo de la alegría y el sabio más íntegro de Occidente, cuya vida es ejemplo de humildad, austeridad y honestidad intelectual, afirma que el cuerpo del hombre es afectado por pasiones que aumentan o disminuyen su potencia para actuar; estos sentimientos proceden de tres emociones primitivas: deseos, tristeza y alegría. Los deseos se definen por los apetitos; la alegría eleva el espíritu y la tristeza lo disminuye.

Spinoza da una larga lista de pasiones tristes: el odio, la avidez, la avaricia, el miedo, el desprecio, la envidia, el resentimiento, la incriminación, la crueldad y el goce por el daño infligido. El odio impulsa a los seres humanos a cometer actos bárbaros, sanguinarios, irracionales y malvados (Benito Spinoza. Ética. Col. Sepan Cuantos. Porrúa).

Adela Cortina en su libro Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia (Titivillos. 2017), dice: “la clave del odio reside en el que odia, no en aquellos a quienes se dirige, aunque siempre se justifica culpando al odiado”; para conseguirlo se hace uso de un recurso defensivo inconsciente que todos utilizamos y que Erich Fromm (Ética y psicoanálisis. FCE) denominó proyección; consiste en negarnos a aceptar la realidad tal cual es y la modificamos a conveniencia. Lo que nos molesta en los otros, lo que rechazamos no es más que parte de nosotros mismos; aunque nos neguemos a reconocerlo.

Volvamos a la Doctora Cortina, “el discurso del odio, afirma, es una forma de expresión que consiste en propagar, incitar o justificar el odio desde una posición de intolerancia, con la intención de estigmatizar al otro para inculcar hostilidad hacia el agredido… el odio es un acto criminal motivado por la intolerancia y sentimiento de superioridad del agresor…el que odia mantiene una visión deformante de la realidad” (ibídem).

El que odia mantiene una visión deformante de la realidad que lo compele a imponer su identidad de clase sobre aquellos a los que no considera como sus iguales; así, el yo aristocrático o el yo burgués, cuyos patrones de comportamiento se vive bajo la forma de arrogancia, superioridad, honor y la convicción de ser mejor que los otros, se arrogan el derecho de ser los ciudadanos ideales a los que todos deben respetar, tratar con cortesía y no ofender en lo mínimo su orgullo.

Esa visión deformante de la realidad da lugar a pantomimas grotescas, como la armada por algunos de los hombres más ricos del país, empresarios y grandes propietarios, que encubiertos y sin comprometer su consciencia, con el mayor cinismo encargan a sus agentes sociales el trabajo sucio; de esta manera dan la cara por ellos a cambio de jugosas recompensas; Claudio X. González, Gustavo de Hoyos y sus alter ego, los historiadores que de tanto mirar hacia atrás terminan pensando en reversa, un amplio coro de ranas en los medios de comunicación a través de las fake news y las redes sociales, se encargan de transmutar lo real en ficciones, falseando, tergiversando y retorciendo toda acción, conducta y declaración del presidente Andrés Manuel López Obrador, a quien conciben como hombre resentido. Estos huérfanos del “chayote”, el cohecho y la extorsión, que en los regímenes anteriores explotaron su influencia sobre los funcionarios públicos para obtener ingresos indebidos con contratos oscuros, asesorías y supuestas investigaciones, hoy se lanzan sin freno, con insolencia, falsedades, mentiras, falacias y demagogia, con una unidad fáctica característica de todo frente conservador, contra toda medida que, según su punto de vista, lesione a sus patrones; en su defensa alegan que sólo hacen uso a su derecho a la palabra o como simple ejercicio de la libertad de expresión.

Para empezar: ¿Qué es el resentimiento? Es también una pasión triste, se distingue por anidar en ella un deseo de venganza, de hacer pagar al culpable de mi sufrimiento con una ofensa a la medida del agravio recibido. Sin embargo, el resentimiento va más allá del mero deseo de venganza, lo acompaña el deseo de sublevarse, de triunfar y transmutarse en algo distinto, en una fuerza de oposición real que represente el triunfo del débil sobre el poderoso.

En consecuencia ¿Quién es entonces el hombre del resentimiento? Aquel que proviene de una posición inferior y en su empuje expresa energías reales para crear una realidad distinta, con actitudes en ocasiones despreciativas hacia los causantes de una desgracia. Por eso es también el hombre del beneficio y del provecho, dice Friedrich Nietzsche (Genealogía de moral. Alianza Editorial. 1980), pues evidencia que los señores no son todo, ni los débiles son nada.

Ahora bien, si observamos las noticias venenosas que a diario difunden los medios sobre los problemas que afectan la vida nacional, todas hacen abstracción de lo concreto para concentrar su atención en la persona de aquel a quien consideran su única amenaza, lo ven como lo distinto, lo anómalo, porque está transformando el país, no en su conveniencia ni beneficio; esto les produce miedo; saben que aquello que les daba seguridad y protección ya no existe.

Sus temores dicen también que no aprendieron nada con los resultados en las elecciones de 2018, si lo hubieran hecho, sabrían que un pueblo que combate por su propia vida, por una existencia mejor y que su condición material lo empuja a actuar en legítima defensa cuando su paciencia ha alcanzado todo límite permisible y es invulnerable a la información que confunde, que no produce conocimiento ni comprensión; deja de operar porque ha llegado su oportunidad, se enfurece, crece el nivel de vitalidad y se lanza contra los contrarios; enemigos históricos que se apropiaron de la riqueza social mediante la distribución inequitativa de los beneficios, que convirtieron al Estado en su patrimonio privado, que violaron los derechos humanos, que han oprimido y reprimido a los pobres, a quienes han explotado y excluido.

Si la capacidad de observación de los económicamente poderosos fuese más aguda, entenderían que la tendencia dominante del momento apunta hacia la igualdad y equidad en la distribución de la riqueza, es decir, hacia una mayor justicia social.

El ingrediente más importante en el comportamiento de los ciudadanos en las pasadas elecciones presidenciales fue la ira, un sentimiento que se presenta cuando los individuos toman consciencia de su impotencia, es la creencia previa al sentimiento de injusticia; Ernest Bloch la considera fuente de los cambios sociales e impulsora de los movimientos subversivos prácticos. Se hizo presente en 2018, cuando los gobiernos del PRI y del PAN que se alternaron el poder político en los últimos treinta años, destruyendo para los mexicanos la posibilidad de una vida mejor; la población experimentó sexenio tras sexenio continuos fracasos y decepciones mientras la cúspide de la pirámide social gozaba de privilegios, prerrogativas e inmunidad cuando violaban la legalidad.

La ira que lleva a los pueblos a levantarse contra el poder, la corrupción y el desempleo, no es en principio una energía política, sino en última instancia, una energía moral siempre justa.

En consecuencia, puede probarse que hay posibilidades de otra economía y otra política; que no puede concretarse dicha posibilidad, sin cambiar nada; que la insolencia, las ofensas y el odio no abonan nada a este proyecto; que un solo hombre no puede ser el responsable potencial de un probable fracaso, ni su único constructor; la negación de lo distinto y su rechazo revela rasgos destructivos; los grandes impulsos exigen reflexión, discusión y acuerdos; abolir la posibilidad de desarrollo, progreso y al alumbramiento de una existencia más amable, de mayor igualdad y justicia atrae a quien se oponga el repudio, el rechazo y la condena moral de los perjudicados.

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