Cuestión de reputación

Cuestión de reputación.
Héctor Atarrabia

Eran las últimas décadas del siglo XVI. Dos potentados españoles se enfrentaron por conseguir el contrato real (llamábase “capitulaciones”) para explorar y colonizar lo que entonces se llamaba “Nuevo México”, y que no era otra cosa que el desconocido norte del río Bravo.

Uno de ellos, Juan Lomas y Colmenares, quien tenía yernos oidores, el equivalente de jueces de la época, al saber que la mujer de su rival había muerto de algún mal -por los síntomas quizás cáncer pancreático-, empujó a uno de sus yernos a formarle una causa judicial al otro con acusaciones de haberla asesinado. Una monstruosa mentira con el único fin de descalificarlo en la carrera por la deseada expedición. Muchos serios historiadores la han desmontado y explicado.

Les cuento esta historia, porque, si bien causa tan absurda no prosperó, en el Estado de Coahuila, el afectado, cuyo nombre era Francisco de Urdiñola, aún hoy es una tenebrosa leyenda local. Estuvo entre los fundadores de Saltillo y, aunque los hechos ocurrieron muy lejos, en el hoy Zacatecas, y la causa se llevó en Guadalajara, toda la leyenda de sangrientos asesinatos (de su esposa, supuesto amante y hasta criados posibles testigos) se ha enraizado tanto, que forma parte del folklore de la población coahuilense de General Cepeda.

¿Qué se requiere para destruir una reputación? No mucho; una mentira truculenta bien aderezada y una muchedumbre desinformada y morbosa.

Sobre bases semejantes, muchos siglos antes, Medion de Larisa, del séquito de Alejandro Magno, decía “Siembra la calumnia con confianza, cuando la gente se haya curado de su llaga, quedará la cicatriz” según nos reporta Plutarco. Variantes de tan innoble consejo fueron denunciadas por Bacon y Rousseau y descaradamente utilizadas por Goebbels, el ideólogo nazi de la propaganda.

Y a esa caterva, la de Medion, Lomas y Goebbels, parecen pertenecer los “informadores” del tipo Dresser, Gómez Leyva y Majluf, entre otros más y menos conspicuos. Por un año, han inventado infundios a un ritmo de, al menos, dos por semana. Para su clase, no es ni nuevo, ni raro. Son herederos de esa mentalidad colonial que inventó el mito del mexicano haragán, envuelto en su cobija bajo un cactus, cuando, en realidad querían decir “Quiero que trabajen el doble, para que me hagan el doble de rico” refiriéndose a uno de los pueblos más trabajadores, con la jornada de trabajo más amplia como pueden ver en este reporte de la BBC del año pasado, y el peor salario de ese mismo mundo como pueden notar que reporta la OECD:

Acostumbrados a mentir sin pudor, la tarea de crear falsas noticias les ha venido como anillo al dedo. Y no solo la directa mentira, sino el uso de la tergiversación. Hace unos días, por ejemplo, hicieron circular la noticia de un periodista asesinado en Oaxaca, Arturo Jorge Ramírez, que resultó ser un deceso por causas naturales.
Aunque, como es lógico, una gran cantidad de gente creen estos bulos, noto con satisfacción que una gran mayoría del pueblo ha desarrollado una desconfianza enorme hacia los medios tradicionales. Los que a pesar de que les han mentido doscientas veces, y doscientas veces se la vuelven a creer, son, en general, los que quieren creérsela, o sea, los que por interés o por odio inoculado, están predispuestos a creerle a quien ya les mintió, y quedó demostrado, tantas veces en el pasado.

La labor de los medios alternativos (como sin lineamx.com ) es, entre otras, desmontar esa masa de patrañas y mantener a la gente con información veraz a la mano para contrastar.

Y no nos confiemos, ni pensemos que, frente a su fracaso se sentirán derrotados, recuerden que dicen que dijo Lucas “Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz” y esta gente se ha ganado la reputación de vivir golpeando la reputación de otros.

©HéctorAtarrabia2019
@HectorAtarrabia

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