AMLO y la conciencia de clase, una reflexión que deberíamos tener

Textos y Contextos

Por Miguel Alejandro Rivera
@MiguelAleRivera

El discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es tan preponderante en la opinión pública que cualquiera de sus dichos causa reacciones en prácticamente todos los sectores sociales. En las últimas semanas, el tema que el propio mandatario ha puesto en la discusión es la conciencia de clase, algo que sin duda urgía reflexionar en una sociedad como la nuestra.
El presidente ha expresado ciertas ideas sobre las clases medias, a las cuales califica de aspiracionista y manipuladas por los medios de comunicación los cuales imprimen en ellas una actitud clasista.

Asimismo, y desde inicios de su mandato, también su discurso ha sido duro contra los que él califica como fifís, quienes según su propio criterio, para serlo deben tener al menos 500 millones de dólares en su fortuna.

Y como todo lo que dice el presidente, esto se comenta o molesta, según sea el caso, pero sin duda el hecho de que genere reacciones ya es importante al grado de preguntarnos: ¿y yo qué soy en esta clasificación que implica la riqueza y el poder adquisitivo?

Para el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) se considera clase media a quien tiene una computadora, hasta aproximadamente 4 mil 380 pesos en alimentos y bebidas fuera del hogar; al menos un integrante del hogar cuenta con un trabajo estable; la cabeza del hogar cuenta con estudios de nivel medio superior (por lo menos) y los hijos, en caso de haberlos, asisten a una escuela pública.

A su vez, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), indica que en México se requiere percibir un ingreso de 5 mil a 14 mil pesos para considerarse dentro de la clase media.

Sin embargo todo esto se vuelve por demás relativo cuando abordamos el punto desde la teoría marxista, pensando en que la clase media podría ser aquellos quienes son dueños de sus medios de producción, pero no les da para contratar trabajadores; en estos tiempos les llamaríamos emprendedores, aunque técnicamente viven la autoexplotación.

En realidad todo se vuelve más sencillo cuando en efecto dividimos de forma marxista a la sociedad, definiéndonos como burguesía y proletariado. El problema es que estos términos están estigmatizados: decirle a una persona que es una o un proletario, implica en el fondo una especie de ofensa, cuando en realidad simplemente se está especificando que el sujeto en cuestión es una o un asalariado.

Sin embargo, la teoría de Marx es tan identificada con las luchas sindicales o la política de izquierda que para el medio dominante, que para el sector dominante de los medios de producción, resultó más sencillo ir desapareciendo la terminología del filósofo alemán.

Y es precisamente la ausencia de esa teoría la que nos lleva a ese extraño limbo en el que no sabemos si somos ricos, pobres o quimeras, hace que nos molestemos cuando el presidente habla de una clase media “aspiracionista” de una forma despectiva.

Pero seamos honestos: ¿no la mayoría de los mexicanos paga sus autos a crédito, sólo por el gusto de actualizar el modelo cada dos o tres años, pese a que el auto anterior aún funcione?, ¿no hacemos lo mismo con el teléfono celular, con la ropa, con los muebles? El problema no es aspirar a tener mejores condiciones de vida, sino el cómo queremos llegar a ellas.
Peor aún cuando se habla de fifís, y que precisamente la crítica en redes sociales ha ido contra quienes creen que por vivir en zonas de importante plusvalía pertenecen a la clase alta aún cuando pagan una renta y no son dueños de ningún patrimonio.

Si vivimos en un país donde respetamos al magnate porque nos da trabajo, mal pagado, pero “algo es algo”, entonces nos urge tener conciencia de clase y asumirnos como lo que somos, en México, mayormente, proletarios.

En su libro “Elogio a la Anarquía”, James C. Scott cuenta que, en una de sus visitas a Alemania, comprendió la gran importancia de la “pequeña burguesía” (negocios modestos de emprendedores locales), debido a que muchas personas, sobre todo de la tercera edad, sacrificaban los precios bajos de algunos supermercados a cambio del trato humano y cercano que les brindaban las tiendas de sus vecinos. “La pequeña burguesía realiza en este contexto una especie de servicio social diario, fiable y gratis que difícilmente ninguna agencia o funcionario público podría reproducir”.

En este caso, el mensaje es que ser burgués tampoco es malo, siempre y cuando se ejerza de forma funcional para la comunidad en la que se vive, justo, siendo consciente de la clase en la que se vive y del aporte social potencial de la riqueza que se ostenta, esto para generar bienestar propio y del entorno, no sólo para cambiar de auto casa tres años.

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